Archive for Febrero, 2009

Imágenes en la chakara

Algunas otras imágenes de este camino para compartir, una vez que el orden empieza a ser caos.

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Mapas

Los mapas son una manta llena de costuras trazadas por la historia y por el poder. La carretera se trazó para sacar el banano hasta aquel puerto, o la frontera se señaló allá donde la tolerancia de los gamonales lo permitió. Pero todos y todas construimos nuevos mapas a cada paso que damos. ¿Dónde nos desviamos?, ¿en qué cruce de caminos decidimos tener decisión?, ¿con quién hablamos?, ¿para quién el silencio?

me faltaba el mapa ‘oficial’ de la última fase en Bocas del Toro. Aquí lo adjunto. Ya con ganas de que llegue abril y volver a re-descubrir este país y a des-aprender aquellos imaginarios, miro los mapas con cierta nostalgia consciente de que desde acá, desde la ciudad, los mapas ya son planos de shortcuts, trampas al tiempo.

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Desplazamiento “educativo”

Soloy es un lugar especial dentro de la Comarca Ngäbe-Buglé. Quizá porque es uno de los centros de la religión Mamatata, tan influyente entre estos indígenas. O porque allí se ha generado un foco de resistencia a los megaproyectos en el Cerro Chorcha, o porque es uno de los puntos desde donde sale la diáspora ngäbe hacia Costa Rica en busca de trabajo…

Pasan cosas tan sorprendentes como el desplazamiento “educativo” que pude ver junto a la escuela pública. Con su instalación se generó un deseo de formación que arrastró a centenares de familias que vivían dispersas en las montañas a instalar unas precarias cabañas en el terreno contiguo a la escuela para que los hijos e hijas pudieran asistir. Es ahora el Barrio 2000, de donde han tratado de desalojarlos como si fueran precaristas en lugar de entender el hambre de formación que tienen, aunque la educación pública no esté diseñada para birndar oportunidades, sino “para mantenernos pobres y que trabajemos de jornaleros”.

Raúl me cuenta el enfado con los líderes ‘oficiales’, de cómo estos se han vendido al Gobierno y a las empresas y de cómo esto ha provocado que la población se organice de forma paralela alrededor del Movimiento Popular Mixto 8 de Mayo, en conmemoración de los sucesos de esa fecha en 2007, cuando indígenas y no indígenas cortaron la carretera interamericana en protesta por los proyectos impuestos y la respuesta oficial fue con antimotines y detenciones. Mientras el resto del país está en Carnaval, bebiendo y bailando sin más sentido que el de perder la consciencia (conciencia ya hay poca), acá en Soloy el ritmo es otro. Un incesante hormigueo de mujeres, hombres y niños cose los caminos de tierra y polvo. No se espantan ni cierran los ojos ante la nube de tierra que levantan los transportes públicos que empiezan a traer de vuelta en estos días a los recolectores de café que emigran a Costa Rica en busca de mejor pago y trato que el que se recibe en Panamá. Cómo las hormigas, con la plata recogida durante los cuatro meses de cosecha pasan el resto del año acá, haciendo crecer este caserío que hace 20 años apenas era un conjunto de tres casitas de madera y hoy tiene vida intensa pero sin la intensidad de una urbe. El tiempo pasa a otro ritmo. Un ritmo del que me he contagiado en los últimos días, en las últimas semanas.

Decido, al salir de Soloy, adelantar mi regreso a Ciudad de Panamá un día para evitar los trancones de la operación retorno de hoy martes. Conforme me acerco, siento un nervio extraño, una agitación que no corresponde al estado de ánimo que paseaba con orgullo. El regreso a la ciudad, aunque desolada por las ausencias del Carnaval, me recuerda el modelo de vida insostenible en el que hemos crecido los urbanitas. Los gestos me parecen más violentos, le movimiento innecesario, la acumulación: una extraña forma de perder la esencia.

Después de 20 días pongo fin a la primera fase de este proyecto. 3,704 kilómetros en carro y los otros recorridos medidos en pisadas y en millas naúticas… Llevo a penas un tercio de Panamá en Ruta y, aunque el descanso se va a agradecer, ya echo de menos las gentes y las imágenes que me han impregnado y enseñado tanto en el camino. Mi agradecimiento es profundo, mi mirada, ya es otra. Ahora toca escribir y poner orden a las sensaciones. Espero lograrlo y que ustedes lo lean cuando hayan nacido las crónicas de Veraguas, Chiriquí, Bocas del Toro y la Comarca Ngäbe-Buglé.

Gracias por haber estado por acá. El camino reinicia en abril.

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Los guardianes del paraíso

Ya se retiró el sol. Lo hizo de forma lenta, casi ritual, buscando un hueco en esta orgía de imágenes. La península de Valiente nos habia recibido en la mañana con furia. Lluvia, olas fuertes y altas y algo de viento para pasar el canal que permite acceder a Kusapín entre barreras de coral e islotes salpicados por el azar de esta madre tierra tan caprichosa a veces.

Ya se retiró el sol y los ngöbe caminan por las aceras de cemento sacudiendo la chitra -de carnaval a esta hora- y agitando las linternas. El punto de reunión es en una pequeña cabañita de madera y ahí nos apeñuscamos unas 20 personas. Hombre, mujeres, algún niño que entra y sale, y dos cabras que parecen tan atentas como disciplinadas. Si todos los ngöbe, si todos los no ngöbe, tuvieran la claridad de este grupo… otro gallo cantaría. Diego Hankoc pone las cosas claras desde el principio: “América es de los ngöbe -forma genérica de referirse a los indígenas- y somos nosotros los que debemos decidir qué proyectos se hacen o no se hacen en nuestro terrritorio”. La temperatura va subiendo: “No tenemos que esperar que venga un español, con perdón de usted, para organizarnos o reunirnos”.  “Cuando vinieron a conquistar estas tierras nos metieron en la cueva, pero ni con eso se conformaron. Ahora nos quieren sacar de la cueva porque se han dado cuenta que está llena de riquezas”. El doctor ngöbe Sebastián Jiménez se ha formado en Cuba y sus palabras están repletas de críticas al sistema capitalista y llenas de claridad. “Nos edudcan para seguir siendo pobres porque si nos educáramos de verdad y cultiváramos nuestra identidad no podrían robarnos ni utilizarnos como ahora”.

La reunión se torna reivindicativa y lo que iba a ser media hora de conversatorio se extiende hasta casi las 10 de la noche. Hay críticas para el Gobierno ["que nos dio una Comarca pero no la autonomía. Es como el apdre que da de comer al hijo pero es él el que decide cuándo y cómo"], para las ONGs que vienen y se van ["aprovechándose de nuestra pobreza para conseguir proyectos"], para los propios líderes ngöbe ["ellos se venden por unos balboas y nos venden a nosotros. Eso es lo malo de un medio social tan pobre, que muchos se dejan comprar fácil"], para los extranjeros ["siempre llegan con palabras bonitas y después nos quieren sacar algo"]… contra la comunidad misma ["no somos tan conservacionistas como decimos y cada día somos más individualistas. En la Comarca el terreno colectivo lo gestionamos como si fuera privado].

Siento que hicimos lo que los humanos cada vez practicamos menos: hablar con sinceridad, de frente, sin miedo a que duela o a hacer daño… en la oscuridad rota apenas por una débil linterna colgada del techo de penca, la palabra amanece.

Antes, con Jairo San, una larga caminata por el fango y la arena para conocer comunidades como Guayabo o Nidori. Paraísos naturales a pie de playa, lugares limpios poblados por gente amable que está tratando de organizar una oferta de turismo comunitario de bajo impacto.

Estas comunidades de la costa atlántica muestran mejor calidad de vida que las que he podido visitar en la parte interior de la Comarca Ngöbe-Buglé (en realidad Ngäbe-Buglé). Hay agua limpia, las casas, en general, están bien mantenidas, el mar y la tierra son generosos en alimentos y la aparente paz del lugar solo ha sido rota por las propuestas de megaproyectos como el de Damani Beach S.A., una empresa estadounidense que formó un convenio con el Congreso regional Ño Kribo para explotar la zona en exclusiva durante 45 años. Por suerte las comunidades se revelaron en contra de sus propias autoridades y se frenó esta locura, pero la división quedó sembrada. “Ya no hay la misma confianza entre nosotros”, me dice Jairo, uno de los que se opuso a la prometida inversión en turismo.

Los indígenas de Kusapín son los guardianes de un paraíso conocido por muy pocos panameños o extranjeros. Y han visto lo ocurrido en el archipiélago de Bocas del Toro (a solo dos horas en lancha de acá), donde muchos de ellos han trabajado. “Si nos nos plantamos duro… nos pasará lo mismo”.

Ni siquiera al salir de la zona siento que las personas me miran sin recelos. Cualquier extraño es una amenaza para estas comunidades y, aunque, a mi me trataron en general con cariño gracias a la presentación de Jairo, comprendo que se defiendan de “los blancos”.

Para concluir esta primera fase del viaje solo me falta visitar Soloy, en la parte sur de la Comarca. Así que salgo de Chiriquí Grande y manejo sobre mis pasos para comenzar el camino que me llevará de regreso a Ciudad de Panamá a mitad de semana. A estas alturas (3.100 kilómetros en carro, unas 14 horas en botes y otras tantas caminando), un dedo averiado y la espalda tocando su propia música empiezan a reclamar una pausa.

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Señales en el camino

Para relajar un poco el tono usualmente dramático de mis post, les regalo algunas imágenes robadas en el camino. Señales, señalética popular o símbolos de lo cotidiano.

!Saludos!

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El fétido aroma del ‘desarrollo’


Acabo de hablar con el alcalde de Bocas del Toro, Eligio Bins, y está tan frustrado (”en buen panameño, cabreado”) con la situación de este distrito, de sus gentes que, paradójicamente, comparte palabras y rabia con activistas sociales como Feliciano Santos, un ngöbe que le ha plantado cara a los inversores y a las autoridades en defensa del territorio indigena en las islas.
Bocas tiene dos caras. Seguro que más. Ya han sido contadas aunque no se ha divulgado lo suficiente. Anoche leía un informe que hizo Mir Rodríguez (Almanaque Azul) en 2007 y que nunca fue publicado. Es una radiografía clara y documentada de lo que está aconteciendo en el archipiélago.
Yo he tenido hoy mi dosis de realidad. Primero, en el barrio precarista de La Solución. Cientos de casas en un equilibrio imposible rodean la planta de tratamiento de aguas negras de la ciudad. El olor es intenso y difícil de soportar. La barriada está sobre un manglar y sus habitantes transitan por caminos de tablones elevados un metro y medio sobre la lama que se mezcla con basura y aguas de dudosa procedencia.
Acá viven los excluidos del paraiso. Los problemas de empleo, o la venta de las tierras por precios bajos y sin pensar en futuro, empujan a muchos bocatoreños a vivir en una situación de precariedad de la que, según me confiesa el alcalde, no van a salir.
No es muy diferente el ‘clima’ que se respira en El Higuerón, en la temida zona de Saigón. Pobreza, una especie de silencio poco ritual solo roto por los ladridos de perros que sostienen una piel transparente sobre esos huesos puntiagudos… A pocos metros, hoteles, casas de extranjeros con aire acondicionado y carro 4 x 4 en la puerta. ¿Jamás mirarán hacia atrás?
El futuro de esta zona es poco alagüeño. El prometido Plan de Ordenamiento Territorial no está listo (y Bins piensa que es intencional el atraso), la politiquería es parte de la sangre que corrompe este cuerpo (como confirma Alfredo López, del programa de Desarrollo Sostenible), y el abuso en asunto de tierras y de cultura parece no tener límite (como compruebo de la mano de Feliciano Santos).
El alcalde ha perdido prestigio entre los ciudadanos. Para muchos entró peleando bien y va a salir rendido ante los inversionistas. Según él, las autoridades de Panamá capital aprueban proyectos negativos para el distrito y él poco puede hacer. Bins considera que uno de los seres que menos ha hecho por el desarrollo del país es Rubén Baldes, el ministro de Turismo. Su lista sigue y es larga…
Sé que les puede sonar a lluvia sobre mojado (quizá me ha influido la lluvia que me ha mojado durante buena parte del día). Se me puede tildar de pesimista, incluso de poco patriota por señalar la oscuridad en lugar de la luz… pero les confieso que no puedo entender esta brecha tan profunda, esta injusticia sostenida, este no querer ver y menos actuar.
No se cómo se pede vivir en estas condiciones, ni cómo estas gentes son tan pacíficas…. Imagino que hoy se olvidará todo. Ya está la música del Carnaval sonando y las pintas tienen ese magnífico poder amnésico (también anestesiante).
Amanecerá… amanecerá y seguro que vuelvo a ver en el sol algún rayo de esperanza.

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Mirar a los lados

No hay que ser observador profundo para que el “encanto” de Bocas reviente en bolsas de basura tiradas en cada esquina. Acabo de llegar a Isla Colón, lo que para los turistas es Bocas del Toro. Yates y veleros alternan con turistas de espalda roja, decenas de hotelitos y tiendas para ellos, todo volcado en este próspero negocio. La isla ‘turística’ se reduce a un par de calles y hay que viajar a otras islas del archipiélago donde se reproduce el fenómeno: lindos hoteles propiedad, en la mayoría de los casos de extranjeros, proyectos residenciales de lujo y muchos loclaes dando servicio. [Mañana iré al barrio La Solución (los nombres de barrios y comunidades dan para un libro, por cierto). Allá la historia es diferente. Una buena parte de bocatoreños que vendieron sus tierras en el boom ahora viven junto al tubo de las aguas negras...]
A Isla Colón se llega por aire o desde Almirante a razón de 4 dólares el boleto en la lancha. Si Changuinola tiene un problema gravísimo de basuras, en Almirante es monumental. Las montañas de basura se acumulan por las esquinas y por la tranquilidad de los locales se nota que es habitual.
Los tres municipios de Bocas del Toro (Changuinola, Bocas y Chiriquí Grande) tienen el mismo problema y no hay solución porque la política se interpone. Ya se compró un terreno de 30 hectáreas para tener un vertedero mancomunado, pero el Concejo de Changuinola tiene parado el proyecto.
A estas alturas del siglo y del supuesto desarrollo (el presidente Martín Torrijos dice que estamos a las puertas del primer mundo, el Índice de Desarrollo Humano asegura que ya estamos y la sacrosanta economía creció al 9% según repiten unos y otros), los 88 mil habitantes de Changuinola no tienen un sistema de aguas negras (alcantarillado básico), la potabilizadora tiene problemas y el déficit de vivienda es abrumador.
La provincia de Bocas del Toro es una inmensa isla conectada de un frágil hilo de asfalto con el resto del país, donde un pequeño grupo de poder controla los recursos y donde la lógica de la república dentro de la república (lo que ha hecho Bocas Fruit Company por 110 años) parace reproducirse ahora con proyectos turísticos e hidroeléctricos.
Como todos los días… mi ración de optimismo llegó tan puntual como los hojaldres con los que arranco cada mañana: en Tibite, a medio camino entre Changuinola y Almirante, participo de una reunión de líderes ngöbe de decenas de comunidades. Están preparándose para el acoso a sus territorios y a su forma de vida. Si hay una señal luminosa en Panamá la estoy encontrando en las pequeñas comunidades resistentes. Sin duda.

*[Parántesis para los citadinos de Panamá: anoche vi los informativos televisivos nacionales desde esta parte de la República... es comprensible la incomprensión de la capital hacia el resto del país cuando el 90% de las noticias se refieren a ella. La ignorancia es el inicio de la discriminación. Desde acá es muy parecido. Para la gente del campo y de los ríos, ciudad de Panamá es lo más parecido a Bagdad... ¿tendrá algo que ver esta moda de que solo nos cuentan sucesos violentos?]

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Los naso, enlatados en su propia tierra


Camino a San San Drui nos cruzamos con un vehículo policial ‘todoterreno’ acompañado de un par de carros más con agentes de la Dirección de Investigaciones Judiciales, la corregidora y algún funcionario despistado más. Ya sabíamos que la visita sorpresa a esta comunidad naso no podía ser buena. Al llegar, la comunidad nos recibe con amabilidad y nos cuenta que han venido a amenazarlos: después de carnaval serán desalojados de sus tierras. Como siempre, la Ganadera Bocas (Mario Guardia) pretende ganar la batalla y exige que los indígenas abandonen estas tierras, en pleito desde hace décadas pero ocupadas, mantenidas y trabajadas por los naso todo ese tiempo.
No doy los nombres de los vecinos porque prefieren guardarlo, pero sí les diré que están dispuestos a ir hasta la última. Una mujer, fuerte, decidida, de palabras contundentes, lo expresa sin ambages: “Si creen que las flechas son de decoración están listos. A mi no me sacan de acá”. El hermano de esta garantía de mujer, tiene otro símil: “Esa gente de Ganadera Bocas tiene una fiebre de tierras y yo tengo la pastilla para bajársela, ojalá no haya que utilizarla”.
La situación es tensa, y el rey Naso, Valentín Santana (en pugna con el otro rey, sobrino de él, Tito Santana), me dice que para ellos solo hay un objetivo, que el gobierno y la Asamblea Nacional den vía libre a la nueva Comarca Naso, 112 mil hectáreas que les permitirían demarcar territorio y defenderse mejor porque, ahora, están como “sardinas enlatadas”, rodeados por empresas y sin Estado que proteja.
El día ha sido de sol, agua y barro. En la mañana, acompañado por dos jóvenes líderes naso, Eliseo y Reynaldo, remontamos el corrientoso río Teribe en dirección a Bonyik, la comunidad en la desembocadura del río Bon que ya está viendo los efectos de un proyecto de hidroeléctrica de Empresas Públicas de Medellín (Colombia). Aquí ha habido enfrentamientos con la policía, balas, quema de maquinaria y muy poco entendimiento.
La propia división del pueblo naso, con dos líderes, favorece el enredo, pero, por lo que pude ver, la actitud de la empresa no ayuda. Una carretera que atraviesa lugares poblados, desvío del río en puntos que afectan a la comunidad, incluso mortandad de peces antes siquiera de empezar a construir la represa.
Esteban Durán y su hermano Teódolo son de los más afectados por la carretera. No piensan rendirse y relatan la odisea que ya dura dos años a la sombra de un palo y con el ruido de fondo de la maquinaria pesada que revienta roca en una loma vecina. “Vender a la tierra es como vender a la madre”, asegura Teódolo sin pestañear. Esteban, algo más rudo y directo, amenaza: “A este perro lo van a ver muerto, pero sin salir de este potrero”.
Como siempre que uno visita este tipo de comunidades, expuestas a estos gigantes, queda la sensación de pequeñez como periodista. Ellos creen que de algo sirve que yo llegue hasta allá y los escuche para contar su historia, yo siempre les digo que no se hagan ilusiones que lo único que tienen es mi hermandad porque cada vez más los poderosos hacen oídos sordos a las denuncias públicas. Sin embargo, siento que venir, compartir con ellos, hablar, compartir, ya es parte de la solución: crear un tejido de solidaridades que algún día les permita reaccionar ante el siguiente abuso. Ustedes ya son parte de esa madeja.
Buenas noches

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El Charco (la Pava) que molesta a Goliat


Cuando una empresa invierte algo más de 500 millones de dólares, cuando un Estado da una concesión para hacer un complejo de represas y no tiene en cuenta que en ese territorio hay humanos viviendo, cuando unas 70 familias están en medio del lugar donde en dos años habrá un embalse… David tiene pocas posibilidades de triunfar contra Goliat.
La comunidad de Charco La Pava lleva cuatro años luchando contra AES Panamá para lograr que se respeten los pocos derechos que creían tener. Cargas policiales, presión para firmar convenios de reubicación, chantajes, pagos a periodistas y división de la comunidad… la lista es larga. Tuve la suerte de llegar hoy ahí, cuando la empresa había citado una reunión con la comunidad a la que asistieron más funcionarios públicos de la ciudad que habitantes del caserío. Digo que tuve la suerte porque pude escuchar el discurso de “responsabilidad social” que choca con la realidad social.
Para llegar a Charco La Pava hay que transitar por una carretera pública donde el control de acceso es privado. Un vigilante pide cédula y pregunta el destino y la tarea. 20 metros más allá, policías nacionales pagados por la empresa refuerzan el mensaje. Mi compañero de viaje está seguro de que estamos pasando sin problemas por mi pinta d gringo y por el carro de clase.
Cruzar el río Changuinola para subir a la comunidad se hace en un bote financiado por la compañía. Unas 30 personas de la comunidad andan con casco y chaleco, contratadas por AES por algo más de un dólar la hora. Incluída Pantaleona, que en rudimentrio español se ríe de su posición de “seguridad vial”.
Antes de hablar conmigo, algunos líderes y lideresas de la comunidad me hacen un largo interrogatorio. Ya no confían en nadie. “Estamos solos, nadie nos apoya en Panamá, el Gobierno como que trabaja para la empresa y acá nos han mandado muchos periodistas para después utilizar las imágenes a favor de AES”. Rafael y Amelia al final se abren y compartimos charla e inquietudes.
Mi sensación es que Goliat aplastará a David y es palpable que la comunidad se divide ante esa posibilidad y ante la tentación del dinero.
Es un tema muy complicado en el que hay desigualdad en todos los sentidos. Indígenas ngöbe -que en muchos casos no hablan español- negociando con abogados de ciudad llenos de trucos, el poder del dinero contra el argumento de la dignidad, un gobierno que debería defender los intereses de sus ciudadanos volcado en ayudar a la empresa…
En las fotos pueden ver los “campamentos” de la empresa para sus trabajadores de cierto nivel y la comunidad sin luz eléctrica ni agua potable. También podrán observar el “super” camino de piedra que están construyendo en Charco. “Yo creo que es para no mancharse ellos de barro, porque nosotros caminamos por la tierra”, me dice un vecino.
Cuando las cosas empiezan mal, terminan mal… supongo. Aunque una buena parte de las gentes de Charco están dispuestas a dar la pelea, es más: no han dejado de hacerlo. Ernesto López lo ratifica: “iremos hasta la última, a dejar el pellejo en esta lucha”.

En la tarde, la otra cara de la moneda, la positiva. En esta provincia llena de problemas sociales y económicos, pude conocer a Orlando Lozada y su padre Antonio. Tiene una finca de 40 hectáreas modelo en Centroamérica: agricultura sostenible y orgánica, cuidado de las cuencas hidrográficas, bosque primario conservado y producción de cacao, banano y maderables rentable… “Queremos demostrar que se puede hacer agricultura conservando el medioambiente…. no podemos olvidar que en el bosque está nuestro pasado”.
La finca La Magnita no compra casi nada afuera y cierra el círculo de la naturaleza de manera fluida. “La tierra es generosa y la agricultura fácil, lo que pasa es que no observamos suficiente y no respetamos su lógica”. La lógica de Orlando, como la de la naturaleza, es aplastante.
Mañana salgo para el río Teribe, a territorio Naso. Buenas noches caminantes.

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Bocas a punto

Cambio de geografía, cambio humano. ya he llegado a la provincia de Bocas del Toro y he avanzado hasta Changuinola para abordar esta ciudad límite y sus contornos, incluido Charco La Pava -donde se construye el proyecto hidroeléctrico Chan 75-, el territorio nasso y las fincas bananeras de esta zona, donde todavía es la estadounidense Chiquita, a través de la Bocas Fruit Company, la que da y quita la vida: el empleo.

El paisaje cruzando la cordillera es hermoso, aun salpicado de pequeñas casas de madera que se mantienen en un equilibrio de fonambulista con vértigo y con una carretera que sufrió en las últimas semanas unos 90 derrumbes y que mantiene 16 puntos críticos. La sensación es que otro temporal puede dejar aislada durante mucho tiempo a esta provincia tradicionalmente aislada del poder central.

Está casi terminado el nuevo puente que conectará a Changuinola con el mundo y que la liberará del viejo paso sin lógica a estas alturas de la Historia.

Mañana comienza la ruta por este territorio. Las y los llevo conmigo. Van 2,645 kilómetros y esta fue la ruta de hoy (para los que no están en este Istmo repleto de sorpresas).


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El propósito

Hoy es día de traslado de provincia y de escritura. Me doy la breve pausa de la mañana después de 2,400 kilómetros para ordenar notas y comenzar a darle forma a las crónicas que serán publicadas en La Prensa. En el parón, una reflexión sobre el propósito del camino. Caminar o viajar, turistear o convivir. Algunos lugares por los que estoy caminando ya los conocía, o creía conocerlos. Quizá nunca se pueda conocer bien un lugar si no se vive allá, pero lo cierto es que viajar con un propósito, con el propósito de escuchar y de convivir, permite entrar más allá de la capa superficial que mostramos todos y todos los lugares. No es lo mismo rebuscar en la realidad con el fuerte envión de un buitre, que posarse en las gentes y en sus recodos con la suavidad del colibrí que esta mañana me regala su danza frente a esta ventana de altura en la que me he instalado por unas horas.

Quizá es igual la vida. Vivirla o vivirla con un propósito. Ayer tuve el privilegio de asistir un rato a la reunión preparatoria del Foro Mesoamericano Antirepresas, ya les dije. Pero lo que no les conté es el profundo optimismo del que me alimenta estar con Kuni, Eliseo, Yari, Raquel, Javier, Weny, Larisa, Oswaldo, David, Ezequiel… y otros tantos y tantas que dan su tiempo y buena parte de sus capacidades para defender el medioambiente y la esencia de sus comunidades. Nada a cambio: ni un empleo, ni subvenciones, ni fama. Solo problemas, persecución por parte de las autoridades, gastos raspados de donde no hay y algunas incomprensiones cercanas y lejanas. Quizá los mueve, como me decía Doris Sánchez, una mujer de tierras altas, saber que “la riqueza natural es un regalo para los hijos”, quizá es saber que esta batalla no es particular sino por la humanidad.

Una vez detectado el propósito en el camino, es obligado darle un repaso al propósito en la vida. Para ello, el asombro, la capacidad de sorprenderse en el camino como en el vivir. Emilio Lledó escribía: “Fue el asombro, la distancia, el no querer dar por hecho nada de lo que observábamos, lo que originó, decían los griegos, la filosofía, o sea, la curiosidad, el apego, la necesidad y la pasión por entender y entendernos”. En ello estamos.

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Antaño es hoy

La cantalante doña Celmira Montenegro y el músico don Polidor Gutiérrez estarían orgullosos hoy de estar vivos. Sus tres hijos, Rodrigo, Ramiro y Manuel del Carmen han logrado celebrar la XXII edición del Festival de Antaño de Dos Ríos, en Dolega (Chiriquí): una apuesta al pasado para que el presente no esté sembrado de desarraigo.
Unas 300 personas de la comunidad más unas decenas de visitantes de la provincia han (hemos) gozado de un menú en el que no han faltado las comidas y bebidas típicas, la remembranza de los oficios, los bailes y el toque ni si quiera los juegos.
Desde aserrar como hace 100 años con la sierra original de don Polidor, pasando por pilar arroz hasta moler la caña de azúcar en el Rabo de Yegua… El Festival de Antaño es todo un lujo hoy, cuando solo los grandes eventos o las estrellas fulgurantes parecen tener importancia. Alguien me decía en estos días que es ahora, en estos tiempos de globalización donde es más necesario saber de dónde se es y este festival parece una receta necesaria para la enfermedad del olvido.
“De tierra lejana vengo
y vengo de buena gana
para encontrarme contigo
y que me entregues la capitana”
El cuarteto recitado por Rodrigo Gutiérrez, el mayor de esta familia de músicos, sirve para recibir la capitana, la madre de todas las albóndigas, por parte de la Junta de Cortar Arroz… los ritos ancestrales se repiten entre salomas que erizan la piel por el sentido de hermanamiento en voz, por la fuerza de la historia.
Hasta aquí también han llegado Roger Patiño, Melva Miranda, Milagros Sánchez y un grupo de caminantes que hoy han hecho a pie el recorrido entre Rovira y Dos Ríos -unas cuatro horas- como parte de la celebración del 160 aniversario de la creación de la provincia de Chiriquí (que se conmemora el 29 de mayo). Para mi, el 15 de febrero será también una fecha de aniversario porque estos ya amigos me sorprenden entregándome la cédula que me acredita como ciudadano del estado Federal de Chiriquí. Confieso la sorpresa y la emoción… la sinceridad del gesto y el afecto que me han mostrado estas gentes me hace más parte de esta tierra noble amenazada por demasiadas sombras ajenas.
Javier Grajales, un líder comunitario de San Andrés con el que había estado dos días antes y que también se ha pasado por el festival, me deja pensando… después de hacerme un par de preguntas sobre términos muy panameños, muy campesinos, él no puede entender que yo no los conociera si llevo cuatro años y medio en este país. Yo tampoco. Me golpea y me reta: ¿qué país creía conocer? Sigo en la ruta, sigo aprendiendo.

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Un cafecito más


Si pensáramos lo que esconde cada marca o producto que consumimos es probable que no pudiéramos comprar casi nada. Ni siquiera una rica taza de café orgánico de las tierras altas de Chiriquí. La recolección del grano es cosa de los indígenas Ngöbe-Buglé. Unos 30 mil llegan en la temporada de cosecha (unos cuatro meses) a estos lugares donde son alojados en barracas de la era del fiebre del oro y se desloman a razón de 1.5 dólares la lata (en un buen día se recogen hasta 8 latas).

El misionero José Fitzgerald, que trabaja en la zona de Soloy, en la comarca Ngöbe-Buglé. Sus palabras son contundentes. “Los que salen ganan algo de plata, los que se quedan son más pobres desde la óptica occidental pero tienen más calidad de vida desde la cosmovisión ngöbe”. El trato ha mejorado en algunos aspectos debido a la presión de los compradores internacionales y al trabajo de algunas ONG’s. Al menos, sí hay coincidencia en que el trabajo infantil se ha reducido de manera significiativa.

A 40 kilómetros de Volcán, atravesando una serpenteante carretera que vertebra un paisaje hermoso, está Río Sereno, el segundo paso fronterizo en importancia con Costa Rica y por donde pasan muchos indígenas en busca de empleo en los cafetales ‘ticos’. Samuel es satre y vende ropa en esta larga calle de pequeñas tiendas salpicadas de silenciosas familias ngöbe. Él también pertenece a esta étnia panameña pero defiende el trabajo en Costa Rica porque a este lado de la frontera los trabajadores son tratados “como animales”.

Mi recorrido por la Comarca ha sido parcial hasta ahora. En realidad, Chiriquí es parte de esa ruta por la fuerte migración indígena en busca de empleo. En los próximos días pretendo ir a Soloy y al norte de la Comarca, a Kusapín.

De momento, espero encontrarme mañana con la cultura chiricana en los actos que se celebran en Dos Ríos (Dolega) y conversar con numerosos líderes sociales que se reunirán mañana en Boquete para preparar el Foro Mesoamericano Antirepresas. Esta es la provincia para tratar el tema. Chiriquí está cosido de supuestas minirepresas que están lotficando los ríos y afectando de manera evidente a los pequeños campesinos. Pero esa… es otra historia.

Les añado un mapa del recorrido por Chiriquí
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Noche suburbana

Los rincones de una ciudad son los pliegues en los que se refugian los seres anónimos que casi nunca conocemos al viajar. Cerca de David, a unos 10 kilómetros en dirección a Dolega está Waterfall. Seamos claros: la Cascada, que era como se llamaba este balneario al pie de la calle antes de que dos chicos gringos, simpáticos y mochileros, compraran el lugar y cambiaran rancho de penca por murales del nuevo siglo. Aquí he encontrado litera para descansar mis huesos estos días, buen ambiente (aunque demasiado ‘english’ para mi y alguna sorpresa. Como anoche. Al llegar vi en el bar mucha más gente de lo esperado. Tocaban los suburbanos, un grupo de rock de David que arrastró a su fanaticada y que tocaron en este espacio de fogata y mota en las perfierias ante un público revuelto de chiricanos, gringos, canadienses y salpicón de nacionalidades a razón de dólar la cerveza.

Hay movimiento en el interior, más del que se sospecha en ciudad de Panamá. Más incluso del que yo he detectado en la propia ciudad capital. Escribo ahora desde la carretera que se dirige a Volcán. Me dirijo a la frontera con Costa Rica, al norte, en Río Sereno. Espero poder contarles esta noche. Mientras tanto, les presento a los Suburbanos.

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Esa injusticia que llaman democracia

1.860 kilómetros y siento que miles de historias se me están quedando al borde de los caminos. Hay tanta gente, tanta, tanto valor, tanto poder… Pido disculpas  por no haber actualizado el blog en las últimas horas pero digamos que he estado en un maratón chiricano: David-Dolega-Rincón Largo-Esperanza-Boquete-Bugaba-Aserradero de Gariché- Puerto Armuelles-Finca Burica-San Andrés-Santo Tomás-David.
Montaña y mar, campesinos e inversores, obreros de las bananeras y nuevos cooperativistas de la palma aceitera… han sido 48 horas aleccionadoras.
En medio, unos tragos con tres dos chiricanos y una coclesana en un bar de gringos mochileros y una conversación donde Julián me regala una de esas frases antológicas: “Estoy cabreao de esa injusticia que llaman democracia”. Se podría hacer más poesía, pero no ser más claro. En el camino de la claridad, que parece que en esta provincia es religión -hasta motivo de orgullo-, me topo con el mítico Roger Patiño y su compañera, Melva Miranda. Roger fue el padre del movimiento federalista que impulsáron los chiricanos a principios de los 90 y ahora, desde hace unos años, junto a Melva, empuja un movimiento de recuperación del patrimonio cultural de la provincia -aprovechando que este año se cumplen los 160 años de su creación- y la creación de Infoplazas, estos centros públicos de acceso a internet en poblaciones donde el servicio es nulo o muy limitado.

Va otra frase de antología, esta de Roger: “No puedo con el ajiotismo del conocimiento; ser usurero con el conocimiento es peor que ser usurero con la plata”. El ambiente en la casa de Roger y Melva es el de un campo de batalla. A la escenografía ayuda las obras de mejora que están realizando, pero es evidente que desde acá esta pareja diseña su estrategia de campo antes de salir en su pequeña furgoneta rayada con lemas federealistas y pro-infoplazas a recorrer pueblos y veredas buscando el inicio de una nueva era. “El tiempo es nuestro aliado. El viento siempre sopla a favor de los que estamos luchando”. El optimismo de Roger casi contagia a este pesimista de la palabra que soy yo.

Este post es solo un avance de lo ocurrido, porque han sido demasiadas cosas y las conexiones de internet llegan tarde y cuando el cansancio ya no me permite ser muy sintético.

En el camino, han pasado y se han incoporado a mi libreta y a mi vida líderes sociales y activistas ambientales como Yaritza Espinosa, Ezequiel Miranda o Javier Grajales; me ha sorprendido ver a un alcalde a pie de obra y defendiendo su pueblo y su entorno con uñas y dientes (Manuel Ruíz, de Boquete); me ha entristecido ver algunos de los grandes ríos que han dado fama a Chiriquí con un hilo de aga por culpa de las hidroeléctircas de AES y de CILSA -la empresa de Carlos Slim-; he visto como un movimiento cooperativo surgido de la experiencia de los asentamientos campsinos puede poner a producir la tierra y generar empleo y sueños de un futuro realmente diferente, o me he reído al ver las pancartas del Ministerio de Trabajo con el lema “Diálogo Social y Trabajo Decente” colgadas en el centro del decrépito Puerto Armuelles donde miles de hectáreas de banano se pierden por la incapacidad de pensar en un futuro postcolonial en los territorios de la Chiquita…

Para cerrar este pequeño terremoto, Yaritza me regalo un rato inolvidable con gentes transparentes y bellas en la impresionante playa de Santo Tomás. Si de sus historias me fío, las brujas existen. Si de la noche estrellada me aferro, es seguro que por ahí están

Prometo ir desgranando estas historias mañana y pasado.

De momento voy a tratar de dormir un rato ya que mañana me tiro a la frontera pero por el norte, en Río Sereno. Trataré de llegar a tiempo de contarles. ¡Qué hermosos sentirlos por ahí, en esta ruta tan suya ya como mía!

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El orgullo chiricano

Se siente nada más llegar. Chiriquí es la provincia de carácter más federalista de Panamá y el orgullo por lo propio hace que su bandera está hasta en la sopa. No de una manera agresiva, sino como traducción de una fuerte identidad. La tarde de hoy sirve para hacer contactos y cuadrar los próximos días. Sin embargo, la vida ya me ha regalado un momento de optimismo y resistencia cultural.

En Casa Gallegos (la más antigua de la ciudad) me espera Milagros Sánchez, la directora de Culturama (una publicación educativa y cultural que cumple en 2009 21 años en circulación) y una referencia en la provincia en la investigación histórica. Milagros, junto a Itzel  Cortés, me reciben con mucho cariño y mucha información. Estas activistas culturales se multiplican en mil actividades: publicación de libros, la edición semanal de Culturama, su versión digital, proyección de cine no comercial en su sede y en los pueblos del camino, música, recuperación de patrimonio gastronómico o del arquitectónico…  Cuando alguien aguanta tanto y sigue con esta energía merece todo el reconocimiento. Estas panameñas creen en lo suyo y lo hacen con profesionalidad y conectadas al resto de movimientos sociales.

Milagros me confirma, desde su óptica, que la mayoría de luchas sociales del momento se están dando en lo mediambiental, en la pelea que se da por todo el país para evitar que el desarrollo acabe con lo desarrollado por las comunidades. Ha sido un buen comienzo en David y una lucecita de esperanza. La ciudad luce mucho más ordenada y cuidada que Santiago. El calor pega con fuerza. Mañana más, este post solo es para contarles por dónde va la ruta. Van 1,334 kilómetros y si quieren ver en el mapa la ruta pueden hacer click acá.

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Balada triste de Puerto Vidal

Quizá debe ser así. Quizá es necesario que las olas que escucho de fondo suavicen la miseria del camino. Cuando trataba de alcanzar la Interamericana encaramado en el último tramo de la calle de tierra y cráteres, la rabia me estaba pudriendo y ni yo mismo entendía el por qué. ¿Qué hay de nuevo? ¿Que has visto o escuchado que no sepas ya? Seguir constatando día tras día, año tras año la injusticia y la indolencia sigue doliendo. Quizá cuando deje de doler es mejor desistir de narrar. Un baño en el Pacífico, en la interminable playa de Las Lajas purificó en la noche tanto envenenamiento.
Ayer pasé de Veraguas a Chiriquí y decidí hacerlo por la vieja carretera que antes unía al país. Pasé por Soná, pueblo crecido a la vereda del camino necesario y ahora conjunto de casas prescindible para el desarrollo. Pasé y paré en El María, hasta donde la carretera está repavimentada. Pasé por Zapotillo y por Jorones, donde me detuve un rato a conversas con los hombres adustos que esperaban el final de la misa de funeral por don Florencio. Me detuve casi dos horas en Puerto Vidal, el último caserío de Veraguas, al suroccidente de la provincia, a 4 kilómetros de la frontera: el río Tabasará.
La pobreza es de gamonal, de feudalismo roñoso y trasnochado, de finqueros (como Pipo Birci, Alberto Martinelli, Wido Martinelli o Rafael Ortiz que pagan el jornal de 7 de la mañana a 2 de la tarde a 5 dólares), de vidas al límite, de alcoholismo necesario, de desidia incomprensible.
Allí vive Valdomiro Rodríguez, pobre en cualquier definición a sus 80 años, o Severo Valdés, una fotocopia de su vecino. Allí se desahoga Lilio: “si quiere escribir un libro sobre la explotación humana este es el sitio”. Es tan vergonzante lo que veo y escucho que casi no me atrevo a tomar fotos. Sería como robar la poca dignidad que queda. El golpe es mayor al ver las hermosas casas del representante, Rubén Virgilio Ortiz, de la diputada, Danis Mireya Montemayor… (ambos panameñistas y cuñados) o la del alcalde de Las Palmas, Ovidio Barría. [vean la galería de fotos]
En el camino, entre Jorones y Puerto Vidal pude ver una gran casa de madera noble, con jardines cuidados y gacebo para el atardecer. Pregunto sobre el propietario: es del candidato a representante por el PRD Marco Augusto Castillo.
El descaro y el abandono es brutal. La carretera desde El María hasta Puerto Vidal es un hueco con algo de tierra alrededor. Las dos únicas fuentes de empleo dignas son las que provee Virgilio Athanasiadis (que paga hasta 13 dólares por día) en su camaronera y la temporada de sandía de la compañía Dos Valles, pero este año no se cultivó porque no hay pedidos de Europa.
Las cantinas, llenas desde las 11 de la mañana.
Cuando retomo el camino, ya en Chiriquí, veo los estragos del no futuro un kilómetro antes y uno después de la Cantina Natá: hombres en el camino zigzagueando en el mejor de los casos. Otro duerme en la vía. Son las 5 de la tarde.
Hago un amigo en el camino y su historia no es diferente. Reineldo lleva sin jornalear desde septiembre del año pasado y está desesperado porque cuida de su padre (amarrado a una sonda por problemas en la próstata). El triste Reineldo está feliz porque a 50 metros de su casa han instalado una antena de Digicel. “¿Y usted tiene celular hermano?”. “No mi amigo, pero dicen que eso es el progreso ¿no?”. “Si usted es de España, eso… vamos a ver ¿si México está a Poniente, usted será como de Saliente?”.

A dos kilómetros de la mínima casa de Reineldo, el gringo Chato (en realidad Chat) tiene su negocio de pesca deportiva para adinerados extranjeros. A unos cinco kilómetros, ya sobre la Intermaericana, el restaurante y marina La Islita remite a otro mundo.
De la rabia inicial, paso a la tristeza. La luna llena de esta noche no podrá compensar la injusticia sempiterna de este pinche planeta.

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El paraíso debe quedar en otra esquina

Es el paraíso. Quiero decir, si olvidamos los problemas sociales, le especulación campante y una larga lista de problemas que incluye la falta de presencia estatal, el mal manejo de los residuos o el alcoholismo…. entonces, es el paraíso. El viaje al sur de Veraguas discurre por una carretera en re-construcción (se habrán fijado que todas parecen estar ese tratamiento forzado de cirujía estética), inmensos potreros que antes fueron los territorios de la familia Martinelli (y que, ahora, en parte, aún lo son) y pequeñas comunidades atadas a la vía para ver pasar el ‘progreso’.

Voy acompañado en esta ocasión de José Om González, un caminador impresionante, un panameño más que comprometido con su país y, en esta ocasión, en misión para Almanaque Azul, una de las mejores iniciativas en la red para construir una gran base de datos sobre las costas y playas de Panamá desde una óptica sostenible y comunitaria. En Arrimadero el bullicio es tremendo. Esta playa, por el momento, es territorio de nacionales, gente humilde la mayoría que viaja en bus desde Santiago para disfrutar de esta esquina del paraíso junto al  Golfo de Montijo. Cientos de personas y basura repartida de forma caótica por los casi dos kilómetros que puede tener la playa.

Cuadramos transporte para el día siguiente hasta Bahía Honda y un lugar donde descansar en la noche del domingo. Por suerte, José tiene unos amigos en el extremo de la playa que nos prestan techo y hamacas en un lugar privilegiado. Una vez cuadrado todo nos vamos a la playa de Santa Catalina, santuario de surferos de todo el mundo y sede mundial del caos. Nada más pisar el lugar, la música distorsiona paisaje y oídos. Unos 30 o 40 locales y algunos ‘gringos’ salteados bailan como locos sobre un charco de cerveza… el voltaje es alto y huímos para charlar con El Rolo, uno de los pioneros en el turismo en la zona y un local con orgullo y raza que está organizando a su gente para resistir el embate de la especulación y del desorden. “Mi friend, solo le pido que nos ayude a decir que hay que organizar esta vaina, que no podemos seguir así, que ya no se puede con la basura, que las mejores tierras las están casi robando, que aquí ni el IPAT, ni la ANAM ni nadie pone orden…”. Es verdad, Catalina (la mayoría le secuestra el Santa) no es un lugar acogedor de llegada y los problemas se huelen (pero eso será material de crónica).

De camino hacia Arrimadero para colgar los huesos en el mejor invento de la humanidad (la hamaca), no podemos resistirnos y dejamos tirado el carro en la vía a la altura de Hicaco para acompañar hasta algo parecido a una plaza a la reina del Carnavalito y los vecinos que le acompañan a ritmo de ‘tamborito‘ y de su coro sin tiempo: “La vieja jorobá…”. Alto voltaje también, mucho alcohol y cierta emoción por los extraños fotógrafos no esperados.

La noche es “para salir a aullar”, en palabras de José Om. La luna llena esconde nuestras linternas y caminamos todo el trayecto de la playa hasta llegar a las hamacas, a -no voy a mentir- unos tragos, al goce de la vista y a una conversa que pasa de los trascendental (la realidad del país) a lo importante (el amor) sin mucho orden pero con toda la profesionalidad del caso.

El amanecer peleó con la madrugada. ¿Cuál más hermoso?, ¿cuál más imprescindible? Los pelícanos se daban el banquete a nuestro paso y faltando unos minutos para las siete de la mañana Gabriel, el lanchero, ya nos estaba esperando. Algo que hizo un rato más, mientras desayunamos pescado frito y tortillas en el rancho de Ramón.

La ruta: Bahía Honda… Creo que no es asunto para este blog. Demasiado complejo para resumir. Solo un adelanto. Una comunidad de 700 personas en una pequeña isla en medio de uns bahía hermosa. Son pescadores que no pueden pescar porque con la creación del Parque Nacional Coiba quedaron limitados; los proyectos de turismo de bajo impacto jamás han llegado; toda la costa que los circunda es de tres inversionistas extranjeros. Toda es toda (casi 60 kilómetros de playas y costa); no hay empleo; hay cinco cantinas; familias desestructuradas; violencia… En fin, un poema de mal gusto que contrasta con lo que ocurre en una isla privada situada a pocas millas. En la Isla de Canales, del multimillonario Jan Pigozzi, funciona el Liquid Jungle Lab, una estación de investigación oceanográfica. Además, está la mansión de Pigozzi a la que llega realeza y demás fauna de la farándula internacional. De hecho, cuando llegamos, podemos ver el yate Amazon Express lo que significa que el magnate está en la cima. Tampoco voy a seguir contando esta historia porque es larga, pero incluye construcción sin permisos, dños en algunas playas de la zona y un combo de científicos tan concentrados en el avance de la biología y de la ecología marina que, siento, sufren de miopía humana.

Eso sí, como me dice el director científico mientras nos pasea por las instalaciones, es lo más parecido a Jurasic Park que he visto en mi vida.

El día de contrastes termina con una hermosa charla con Celestino Atenzio, Tino, un histórico de los Asentamientos Campesinos, que llegaron a ser unos 250 en todo el país con el patrocinio de Torrijos en los años 70 y que se constituyeron en un modelo de explotación comunal de la tierra. Hoy quedan algo más de 100 en todo el país y acá, en Carrizal, está al que pertenece Tino: Carrizaleños Unidos. Aún hoy, unos 18 jefes de familia dirigen el asentamiento que cuenta con 700 hectáreas de terreno y 450 cabezas de ganado, además de plantaciones de diversas especies. Humilde, pero muy firme, Tino me deja con esa suave sensación de que cuando la gente se une el desastre se puede evitar.

Hoy completé los 1.100 kilómetros de ruta en carro a los que hay que sumarle las caminatas y las horas de lancha.

Dedicaré un día más a Veraguas antes de partir. La ruta va a depender del clima, pero les aviso.

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Las caras del desarrollo

¿Qué es desarrollo? Si todo es relativo, en el caso de esta palabrita se llega a la perversidad. A Santa Fé está llegando el llamado “desarrollo” en forma de calles pavimentadas y un activo mercado de compra-venta de tierras. “Algunos que ya han vendido se arrepienten ahora”. Rosa tiene problemas en los ojos y poca plata en el bolsillo, pero tiene claro que la tierra tiene un valor más allá del económico. Ella, emigrante a ciudad de Pananá, sueña con el regreso. Y, como la mayoría, espera el programa de titulación del Gobierno, aunque en su caso no es para vender la tierra sino para solicitar una ayuda en materiales para levantar su casita de caña y zinc.

“Pero nadie nos puede decir que no vendamos. Esto cada día está más duro, los jóvenes se van todos a la ciudad, nadie quiere trabajar la tierra y estamos olvidados del Estado”. Gregorio tiene razón en esto. Donde él reside, en el corregimiento de El Pantano, las vías son un lodazal en el que hasta los caballos tienen problemas para escalar las empinadas cuestas, el último temporal de viento que azotó la región la semana pasada acabó con la mayoría del guandú y del guineo que ocupa los cultivos de subsistencia, la escuela se quedó grande porque ya casi no hay niños, y la belleza del paraje no puede amortiguar una realidad que se empeña en empujar a los campesinos a vender.

“No están preparados. Llega un gringo o un colombiano y les ofrece 10 mil dólares. Ellos creen que es mucho, pero lo gastan rápido y luego el extranjero revende la tierra en 100 mil”. Stephanie es belga y lleva cinco años acá. Con su marido, Horacio, empujan un hermoso y pequeño hostal y ahora ella se confiesa “angustiada” con el modelo de desarrollo. “Imagina, ahora que las calles están pavimentadas en Santa Fé, la gente ya no va en caballo sino en carro y a toda velocidad”.

Algunos turistas me buscan conversa en la noche y yo hablo y escucho con cierta ambivalencia. Parecen respetar pero desconocen casi todo. Llevan un par de días por la zona y les pregunto… “¿Saben quién era Héctor Gallego?”… “Who?”. La herida profunda de la historia es apenas un rasguño en mochilas europeas y norteamericanas.

Me alejo de estas hermosas montañas para buscar la costa del sur.

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Rasgado por los cerros

El cielo en Santa Fé de Veraguas se rompe en viento, agua y nubes estriadas por los cerros en los que se encarama este pueblo. Fue, hace 40 años, un lugar de referencia por el trabajo comunitario desarrollado por el padre Héctor Gallego (desaparecido por la dictadura militar en 1971). Hoy, todo indica que será el próximo destino turístico a reventar, con extranjeros que están comprando terrrenos para retirarse acá (el mal llamado turismo residencial) y con especuladores que están acaparando tierra. En tres años, el precio del metro cuadrado ha pasado de 25 centavos a 10 dólares y es evidente el miedo de parte de la comunidad a que Santa Fé sea un Boquete 2 (Este pueblo de la provincia de Chiriquí convertido en residencia de jubilados norteamericanos y con profundos problemas sociales y de infraestructura. Eso sí: sin desempleo y con poco empleo de calidad).

La historia comunitaria es, posiblemente, la salvación de Santa Fé. Las organizaciones y cooperativas campesinas están trabajando para decidir ellas cuál es el modelo de turismo que quieren para su región y para que sean los habitantes del lugar los beneficiados (es decir: que no se conviertan en los jardineros y señoras de la limpieza de los de fuera).

Darío, un joven comprometido en la defensa del Parque Nacional Santa Fé me cuenta de los proyectos de parques eólicos que pueden afectar al territorio protegido. También me da su diagnóstico de los políticos locales y regionales: “ellos siempre chifean”.

Serviliano, el director de la Fundación Héctor Gallego, también está preocupado, aunque centra su esperanza en el movimiento campesino: “tengo confianza de que no nos quiten todo. Héctor ya decía que había que proteger los recussos naturales porque si no vendrían de fuera y los dañarían. Aquí el modelo será eco…”.

Les cuento esto aprovechando que aún está abierta la Infoplaza que gestiona la Fundación. Por un instante siento que el  Estado tiene sentido en este país de abandonos estatales. Este es el único sitio con red en el pueblo (que aglutina a 13 mil personas entre las diferentes veredas), si se exceptúa al hotel: pero en ese el precio es de mercado.

Hace frío y está lloviznando. Los cerros Sapo, Narices, Anselú, Negro o, incluso el cerro sin nombre que corona estos techos (1,518 metros) están rasgando las nubes.

Me voy a buscar techo y algo de comer.

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