¿Qué lleva uno en un viaje sin destino cierto? En realidad no tantas cosas. Los mapas que me persiguen, algunos libros fundamentales (como las inspiradoras crónicas que escribió José Martí desde Estados Unidos), otros para conocer las miradas sobre Panamá de autores locales, el repelente para que no vuelva a golpearme el dengue (tan ingenuo…), dos cámaras de fotos, libretas y lo básico de ropa y botas.
Nada más. 48 horas antes de comenzar la ruta, lo que más me ocupa el tiempo y la cabeza son los personajes que ya asoman aun sin haberlos conocido. Amigos y no tan amigos comienzan a proponer, a descubrirme heroínas y héroes anónimos que permanecen invisibles en diferentes rincones del país, lugares de los que han oído hablar, posibilidades, ventanas abiertas a la realidad.
Bueno, sí. Algo más. Recargar las baterías de la humildad para no olvidar que soy un invitado mirando desde una posición ambivalente. Interesante por la distancia, por no ser panameño, por la capacidad de asombro de la que lo dota a uno el desconocimiento. Peligrosa por la ignorancia, por la falta de elementos aunque en los últimos cuatro años haya tratado de entender la cultura de un pueblo (misión tan inmensa como imposible).
Los dos viajes (el visible y el interior) afilan las uñas. Santiago de Veraguas será el primer destino.

