(nota publicada en La Prensa el 5 de marzo)
Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com
A unos 40 minutos de caminata de Kusapín está Mrusaray (la forma ngobere de denominar Guacamayo). Mursaray significa, en una traducción aproximada, “lo que quedó” y si se destaca es por que allá un monstruo inundó las hermosas playas llenas de uvos y la población se protegió en un cerro para salvar la vida. Acá, en esta calma que parece imposible en un mundo de celulares y tiempo envasado, una pequeña comunidad guarda el paraíso. Una sucesión de playas interminables, con olas espumosas que ora acarician ora golpean, sembradas de palmas que un día mantuvieron a la población con sus cocos para la exportación y bañadas desde el interior por una vegetación sin límite y unos cultivos que hasta sin trabajarlos regalan comida y sombra.
Muy cerquita está Kusapín, el pueblo más grande de la península Valiente, y allá es fácil sentir que los guardianes del paraíso se han tenido que volver desconfiados para que su paz no sea usurpada. Los amables saludos al extraño no pueden ocultar el recelo y más si tiene pinta de ‘gringo’. “No me gustan los gringos, ya sabe a qué vienen”, dice una mujer sentada en una escalera sin ninguna intención de subirla o bajarla. Se refiere a los inversionistas turísticos y al pulso que esta comunidad tuvo que mantener con el Consorcio Damani Beach S.A y con sus propias autoridades ngobe, cuando éstas firmaron un convenio con la empresa extranjera para la explotación de esta región en exclusiva por 45 años.
“Nuestras autoridades se venden. Aquí no tenemos la vida social del dólar y cuando alguien aparece con un par de billetes… pues se venden”, se queja con rabia Diego Hanckoc; “Si no nos unimos y defendemos este patrimonio nos va a pasar lo que en Isla Colón”, insiste Mariano Recor; “El pobre es negociable… y por eso al gobierno le conviene mantenernos sin educación porque nuestro despertar sería grande”, concluye Sebastián Jiménez. Hablamos a oscuras porque la planta que genera energía lleva tiempo sin el costoso diesel. Sin embargo, Kusapín es una comunidad limpia y ordenada, organizada, sin duda.
En los habitantes hay un sentimiento de abandono por parte del Gobierno y de los propias autoridades –divididas en dos Congresos Ngöbe-Buglé- y quizá por eso sienten que deben defender ellos solos este territorio. En Nidori, por ejemplo, los habitantes de las 11 casas plantadas al pie de una playa de arena blanca de postal, se están organizado para recibir un turismo de bajo impacto. “Hemos construido este chiquero a la sombra y ahora vamos a intentar poner un sitio para bañarse con agua dulce y una letrina abonera”. Arturo Beker es uno de los líderes de esta pequeña comunidad y todos los martes reúne a su gente para hacer trabajo comunitario con la ayuda de Jayne Konecny, una voluntaria de los Cuerpos de Paz que vive en el vecino Guacamayo.
Al atardecer, la costa de la península se tiñe de ocres y plateados que compiten en este mar agitado que no es aconsejable en día de lluvia o fuerte brisa. Los andenes de Kusapín son la ruta de encuentro y de charla. Algunas tiendas o casas tienen generador eléctrico, pero son los focos de mano los que permiten localizar la chitra y alimentar la conversación. “Publique lo que decimos”. Sebastián Jiménez, médico ngöbe se despide recordándome su metáfora del momento: “En la conquista nos metieron en una cueva y ahora se han dado cuenta de que esa cueva está llena de tesoros. Nadie nos va a defender, así que nos toca resistir a nosotros”.


#1 by Baby on Marzo 6th, 2009 - 3:11 PM
“…el pobre, es negociable.. Qué frase tan triste
y tan real. Es lo que está sucediendo en todas
partes. El pez grande se come al chico.
Baby
#2 by Rodrigo on Marzo 7th, 2009 - 10:39 AM
Hola Paco:
He estado pensando mucho en estos días en las irracionalidades de nuestros sistemas políticos y, como dicen los marxistas españoles, en la imposibilidad de arreglar esos absurdos dentro del sistema mismo. ¿Qué es lo que razonablemente podemos hacer? Porque lo último que podríamos perder sería la confianza en nosotros mismos, en nuestra capacidad de encontrar salidas inteligentes a los dilemas que nos ofrece la vida. Es indispensable conversar, confrontar perspectivas para ver más, y muchas de las experiencias de los indígenas con quienes has conversado nos darán luces en este trajín. Un día de estos, cuando haya elaborado lo último que he leido, podré expresar algo útil para esta conversación, nacida del dolor y de la rabia por los engaños mediante los cuales se perpetúa la explotación. Un abrazo y sigue adelante, aprendiendo y enseñándonos horizonttes nuevos.