
Lupita
Hay algo desporporcionadamente hermoso en Lupita. En tierra de mujeres de estatura ahorrativa, ella se estira en busca de otras ramas que rozar. Su rostro tiene ángulos imposibles y su boca es una sinfonía de túneles horadados por la vida y el aislamiento. No habla naso y el español en el que sentencia es cortado y esquivo en preposiciones o cualquier elemento que la despiste de lo fundamental. Habla, quizá, como piensa: de manera contundente, sin miedos, sin temor de ser menos que los que la escuchan. Lupita ha tenido que dormir sobre la tierra en los últimos días. Eso no le ha gustado. Tampoco le gusta confundir tíos con intrusos en su peculiar semántica del afecto que convierte en familiar a quien la respeta de cerca o de lejos. Cuando Lupita se levanta, dispuesta a hablar, en la comunidad corre un rumor de espera. Aguardan verdades tan grandes como sus inmensas manos, esperan un vaivén a las ideas que los vuelva a situar en la trinchera adecuada. Hasta ahora, siempre que la he escuchado, no ha defraudado.

Dioselinda Sheyla
La primera vez que la veo choco contra su parquedad. Está en un escenario ajeno. “La ciudad calienta mucho”. Dice que acá, en la urbe, todo está pavimentado y que el suelo arde. Quizá por eso cuando se le rompen las sandalias a 5 minutos de su comunidad, San San, saca de la chistera una carcajada monumental. Ya puede volver a caminar descalza, donde la tierra y las personas son una sola cosa y como tal se ayudan. Sheyla pasa de la sequedad y el temor, y el sueño y el cansancio, y la tristza y la incomprensión a una cierta euforia. “Los micrófonos no mordieron” en la ciudad donde ha encontrado amigos. Pero 24 horas sin arroz y plátano han superado su capacidad de aguante. Hoy, su hermano ha matado un zaino, y Sheyla corre a ahumar la carne fuerte como fuerte es su carácter. Piensa en mi y yo pienso en ella a cada bocado, en realidad, a cada respiración. Yoselín, una de sus hijas, me regala una de las sonrisas más hermosas de las que yo haya podido gozar. Se acomoda en el regazo y trata de abrazarme con unos brazos que no alcanzan la mitad de su objetivo. Sheyla se excusa: “es demasiado cariñosa”. Yo me pregunto si demasiado y cariñosa se contradicen.

Eustino
Eustino parece dormitar, pero su memoria es un archivo tan vivo como su resistencia. En San San nació él. En San San nacieron sus hijos y sus nietos. recuerda sí, como en 1954 apareció por primera vez la Ganadera Bocas. También como la primera ambición que amenazó su tranquilidad fue la del capataz Arauz, que cortó madera “como loco” y “se hizo millonario por lo menos”. O como en 1973 las amenazas de los empresarios los hicieron correrse hacia las lomas que hoy se deshacen como terrones de azúcar. Eustino no tiene intención a estas alturas y esas edades de volver a moverse. Su vecina pregunta casi pidiendo disculpas por no ser más radical: “¿y que pasa si acabamos a dos o tres de esos?”. Las explicaciones sobre la poca conveniencia del plan parecen convencerla poco. “Señor, es que son demasiados años aguantándolos”.

