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Protesta Naso en Panamá capital

31 indígenas naso de las comunidades de San San y San San Drui llegaron en la madrugada del miércoles a Panamá capital. Trajeron su protesta acá “para romper la barrera” que imponen medios y autoridades, según Eliseo Vargas.

En el día de ayer protestaron frente a la Casa de Naciones Unidas de Panamá, de donde se movieron después de ser amenazados con presencia policial y tras arrancar un compromiso de reunión con el corrdinador residente del Sistema de Naciones Unidas en Panamá. En la tarde, lograron una resolución de apoyo de la OEA (Organización de Estados Americanos) y en la noche instalaron un campamento de protesta en la Plaza Catedral, en las cercanías de la Presidencia de la República.

Esta mañana un funcionario recibió el pliego de peticiones y habló de una posible respuesta el lunes próximo. Les regalo algunas imágenes.

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Cambio de planes

Ya que viajan conmigo, debo compartir con ustedes las decisiones del camino. Ayer a última hora giré en el cruce y regresé a ciudad de Panamá. Hay razones poderosas, la urgencia de los naso, las capacidades que uno puede poner al servicio de esa realidad, lo imperioso de lo urgente.

La ruta, onanista por naturaleza, no cesa, solo se aplaza. Iré contando los días de este otro viaje que requiere de esperanza, esa esquiva palabra cargada de energía.

Siento el frenazo, pero ya saben que todos los caminos nos llevan a donde queremos llegar, aunque no sepamos dónde queda eso.

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Re-construcción

¿Cosas o personas? Para levantarse las cosas no son imprescindibles, aunque ayuden. Es el sentido de comunidad, el no saberse solos, lo que mueve más ruedas, lo que permite re-construir las vidas porque en común es más llevadero. Mujeres sin pareja que se unen  para construir entre todas; hombres que echan una mano a su vecino, algo mayor que ellos, algo más cansado; niños y niñas que cargan madera para alivianar el peso de la tarea…

Las casas de 17 inmensas familias naso fueron destruidas por palas mecánicas protegidas a su vez por hombres mecánicos -no deben ser otra cosa los policías-. Algunas, incluso, fueron enterradas en un intento de borrar la memoria y el paisaje, de sepultar las posibilidades de re-construcción. La tenacidad de un pueblo parece ser más poderosa que la maquinaria pesada que trabaja a turno.

En la casa de Avelino vivían, dormían, compartían, 14 personas. La nómina incluye a dos nietos que ya gatean en el clan. Nada quedó, excepto las ganas de seguir. La comunidad, siempre la comunidad, decidió seguir hacia delante, levantar desde los escombros. Y, ahora, Avelino está acá trabajando en esta chocita donde en línea no cabrán más de seis o siete personas durmiendo en el suelo. “Utilizaremos lo de abajo también”. Después levantará una letrina, y después otra cabaña y después otra… hasta que el mosaico familiar quede re-construido. De los enseres personales, poco pudieron salvar en los 15 minutos que las autoridades dieron para abandonar la vida y la memoria. Entre lo perdido, lo que más duele, en lo que insisten todas las familias: los cuadernos, los lapiceros y el resto de útiles escolares que ya habían comprado a sus hijos e hijas para el curso escolar que comienza este lunes.

40 de los menores no empezarán sus clases porque la escuela cayó también en la redada. El Estado tumbó lo que nunca proporcionó, ya que todas las infraestructuras “públicas” de Drui fueron levantadas a pulmón por la comunidad, otra vez la comunidad. Los que ya van a secundaria se desplazarán a Guabito, a unos 25 minutos de acá, aprovechando que es verano y que hay paso en carro. Luego, con las lluvias, el camino se vuelve un lodazal en el que ni los caballos saben plantarse con seguridad.

En mi mundo el sentido de comunidad se ha perdido. Queda, como mucho, el de familia, pero nunca tan sólido, nunca tan solidario. El individualismo carcome los cimientos de nuestras casas llenos de cosas. Pienso, en el camino, que deberíamos combinar ambos mundos… ¿será imposible disfrutar de cierta comodidad y de la ayuda que proporcionan las cosas y mantener el sentido comunitario que nos ha permitido, que nos permite, sobrevivir a tanta locura?

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Lupita

Hay algo desporporcionadamente hermoso en Lupita. En tierra de mujeres de estatura ahorrativa, ella se estira en busca de otras ramas que rozar. Su rostro tiene ángulos imposibles y su boca es una sinfonía de túneles horadados por la vida y el aislamiento. No habla naso y el español en el que sentencia es cortado y esquivo en preposiciones o cualquier elemento que la despiste de lo fundamental. Habla, quizá, como piensa: de manera contundente, sin miedos, sin temor de ser menos que los que la escuchan. Lupita ha tenido que dormir sobre la tierra en los últimos días. Eso no le ha gustado. Tampoco le gusta confundir tíos con intrusos en su peculiar semántica del afecto que convierte en familiar a quien la respeta de cerca o de lejos. Cuando Lupita se levanta, dispuesta a hablar, en la comunidad corre un rumor de espera. Aguardan verdades tan grandes como sus inmensas manos, esperan un vaivén a las ideas que los vuelva a situar en la trinchera adecuada. Hasta ahora, siempre que la he escuchado, no ha defraudado.

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Dioselinda Sheyla

La primera vez que la veo choco contra su parquedad. Está en un escenario ajeno. “La ciudad calienta mucho”. Dice que acá, en la urbe, todo está pavimentado y que el suelo arde. Quizá por eso cuando se le rompen las sandalias a 5 minutos de su comunidad, San San, saca de la chistera una carcajada monumental. Ya puede volver a caminar descalza, donde la tierra y las personas son una sola cosa y como tal se ayudan. Sheyla pasa de la sequedad y el temor, y el sueño y el cansancio, y la tristza y la incomprensión a una cierta euforia. “Los micrófonos no mordieron” en la ciudad donde ha encontrado amigos. Pero 24 horas sin arroz y plátano han superado su capacidad de aguante. Hoy, su hermano ha matado un zaino, y Sheyla corre a ahumar la carne fuerte como fuerte es su carácter. Piensa en mi y yo pienso en ella a cada bocado, en realidad, a cada respiración. Yoselín, una de sus hijas, me regala una de las sonrisas más hermosas de las que yo haya podido gozar. Se acomoda en el regazo y trata de abrazarme con unos brazos que  no alcanzan la mitad de su objetivo. Sheyla se excusa: “es demasiado cariñosa”. Yo me pregunto si demasiado y cariñosa se contradicen.

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Eustino

Eustino parece dormitar, pero su memoria es un archivo tan vivo como su resistencia. En San San nació él. En San San nacieron sus hijos y sus nietos. recuerda sí, como en 1954 apareció por primera vez la Ganadera Bocas. También como la primera ambición que amenazó su tranquilidad fue la del capataz Arauz, que cortó madera “como loco” y “se hizo millonario por lo menos”. O como en 1973 las amenazas de los empresarios los hicieron correrse hacia las lomas que hoy se deshacen como terrones de azúcar. Eustino no tiene intención a estas alturas y esas edades de volver a moverse. Su vecina pregunta casi pidiendo disculpas por no ser más radical: “¿y que pasa si acabamos a dos o tres de esos?”. Las explicaciones sobre la poca conveniencia del plan  parecen convencerla poco. “Señor, es que son demasiados años aguantándolos”.

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La siembra no cesa

 

Y llegaron los policías y las maquinas pesadas. Y tumbaron las casas, abrieron huecos en la tierra para enterralas y desaparecer física y simbólicamente el lugar donde una vez vivieron. Y cayeron gases que provocaron las lágrimas y la rabia. Los aislaron, los golpearon, los humillaron y les dieron 15 minutos para sacar de sus tambos lo poco acumulado en esta cultura no acumulativa.

Pero esta tierra es fértil y la siembra ya está dando resultados. Una decena de improvisados ranchos han servido estos días para mejorar la dormida. Ocho casitas con mejor construcción y más altura -aunque mínimas en sus dos metros por tres metros de planta- demuestran que la resistencia va en serio y que este territorio es naso.

Ayer en la tarde salí de San San Drui con la doble sensación de formar parte de la Historia y de estar fuera de ella. Dentro porque me parece fundamental esta lucha por el derecho ancestral, por poner las cosas en su sitio después de tantos siglos de injusticia… Los naso de estas comunidades permanecen unidos. Se encuentran casi todo el día bajo una carpa grande improvisada que proporciona un extraño tono azulado a todo el que ingresa en su sombra. Allá se cocina, allá se come, allá se reúnen, allá discuten y se ríen, allá se baila y, cuando hay la posibilidad, allá se ven videos de otras comunidades que mantienen luchas similares en otras latitudes panameñas y latinoamericanas.

Sin embargo, también persiste la sensación de invisibilidad, de que esto solo sea un sueño del observador y que realmente no esté aconteciendo. O que de estar ocurriendo, no sea importante.

En Drui (Drudi en naso) está el grupo más grande de víctimas del desalojo que realizó la Policía Nacional a favor de Ganadera Bocas el pasado 30 de marzo. Unas 150 personas, entre adultos y niños, recomienzan de cero y por fin comienzan a dormir algo ya que todo ha estado en calma desde el sábado 4 de abril, cuando hombres armados asalariados de la empresa dispararon en repetidas ocasiones. Aún así, en las noches, jóvenes de la comunidad hacen guardia para segurarse de que no los agarre por sorpresa algún intento de los pistoleros. La comida se reduce a un plato arroz y un poquito de pasta salpicada con poquísima salsa de tomate y sardinas para fingir proteínas. El Gobierno en su ‘generosidad’ entregó 9 días después del desalojo, 50 bolsas de comida que dan para poco.

No sienten miedo ya, aunque sí incertidumbre y una impotencia monumental al sentir la agresividad mostrada por el gobierno contra ellos y la falta de compromiso de este Estado ausente en lo importante para solventar el problema principal de esta etnia: la negativa de las autoridades centrales a reconocer legalmente la Comarca Naso Td’érdí.

“Esta lucha no es por clavos y zinc ni por comida, es por el territorio”, insisten una y otra vez en las reuniones, en las que los más ancianos recuerdan la historia oral para demostrar la ocupación ancestral de estas tierras donde Ganadera Bocas quiere cambiar personas por búfalos. “Yo ya no tengo miedo y yo ya no salgo de aquí. Yo le digo, si hay que derramar sangre, pues se derrama, pero ellos no sacan a estos indígenas”, dice pausada pero rotunda Lupita Vargas, un motor de dignidad para esta comunidad que con dificultad habla pero con claridad se expresa.

De momento, les ofrezco este adelanto y algunas fotos. Comienzo a desgranar lo escuchado y visto para regalarles esas voces y esas imágenes y que conozcan más sobre este pueblo y sobre su situación.

Yo retomo la ruta y esta tarde salgo hacia Azuero después de compartir un rato en Radio Chiriquí con Juan B. Gómez, uno de los periodistas más reputados de estas tierras.

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Vuelve la ruta

Foto tomada el pasado miércoles en la comunidad de San San. Unas 300 personas aguantan ya sin hogar, resisten con dignidad y paciencia.

Vuelvo al camino. Este mes de ciudades, de ruido, de realidad de este tipo ha sido suficiente. Comienzo por donde ya pasé. Unos días en San San y San San Drui para conocer de primera mano las condiciones de los naso que resisten allá el embate violento de la injusticia con nombre y después me reengancho por la provincia de Los Santos.

Es extraño, cuando menos, este devenir lleno de cortes y paréntesis. Cambiar de realidades como de vestimenta, mudar los anhelos como quien cambia el canal de televisión. Y así es, así es la vida: mutante y desconcertante, para lo hermoso y para lo más sucio. Espero que me acompañen. No es lo mismo viajar solo que acompañado de ustedes.

Los espero.

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Defensoría denuncia operativo contra los naso

Publicado hoy en La Prensa
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Cerca de 300 indígenas resisten acampados en el área de San San

Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com
La Defensoría del Pueblo ha denunciado la violación del debido proceso en el desalojo de al menos 17 familias en las comunidades naso de San San, San San Drui y San San Tigra, en la provincia de Bocas del Toro. En un informe  fechado el 2 de abril, la Defensoría critica con dureza la acción de lanzamiento contra los indígenas naso ordenada por la corregidora de El Teribe, Aracelys Sánchez, y ejecutada el pasado martes 31 de marzo por unos 150 policías antimotines en la que, además fueron tumbadas unas 30 casas y construcciones comunitarias.
Tras investigar los hechos, la Defensoría considera que Sánchez no notificó a los afectados de la existencia de la orden, además de que “no tomó en consideración las consecuencias de tipo social que traía consigo llevar a cabo el lanzamiento”. Este diario fue testigo de la visita que hizo a San San la corregidora acompañada de unidades policiales y de funcionarios de Ganadera Bocas el pasado 18 de febrero. En esa ocasión, amenazó oralmente con el desalojo pero no informó de la resolución que lanzamiento que había firmado el 2 de febrero anterior. Desde entonces, abogados de organizaciones no gubernamentales trataron de conseguir la resolución. Fue imposible hasta después de la intervención del martes pasado.
La situación en el área de San San sigue siendo de tensión después de la violenta intervención policial en la que al menos ocho menores de edad tuvieron que ser trasladados a un centro médico afectados por gases lacrimógenos. El desalojo responde a un conflicto sobre estas tierras que reclama Ganadera Bocas, empresa de Mario Guardia implicada desde hace años en choques violentos con comunidades indígenas de Bocas del Toro.
“La acción fue desproporcionada. Bloquearon el camino de acceso a la comunidad, fueron muy violentos y tumbaron las casas de las familias con maquinaria de la Ganadera”. Eliseo Vargas, líder de la Fundación Naso, describe la situación como crítica y considera que este conflicto no se habría dado si el Gobierno hubiera accedido al reclamo de demarcación de la Comarca que los naso reclaman.
En el área de San San vive, además, el rey Valentín Santana, máxima autoridad naso no reconocida por el Gobierno central. Allí se acababa de terminar la construcción del Centro Cultural Naso, que fue completamente destruido en la acción policial.
Según la Defensoría, al menos 150 adultos y 65 menores de edad permanecen a la intemperie, acampados cerca del río. Los líderes naso han anunciado que no van a dejar el área y que van a defender su territorio. El jueves, jóvenes de la comunidad levantaron barricadas con las hojas de zinc de las casas destruidas en prevención de nuevas acciones violentas.
Durante la visita de La Prensa al área a mediados de febrero, uno de los líderes comunitarios, que pidió reserva del nombre, reclamaba el derecho a defenderse: “El que busca, halla. Nosotros hemos aprendido a defendernos y también sabemos que las personas valemos más que los búfalos. Ganadera quiere nuestra comunidad para hacer potreros, nosotros para desarrollarnos como pueblo”. Tanto entonces, como ahora, este diario ha tratado de comunicarse con la corregidora Sánchez, quien no ha respondido las llamadas.
Alianza para la Conservación y el Desarrollo (ACD), organización que acompaña a los naso, considera que además de haberse violado el debido proceso, en la acción se han violado derechos humanos fundamentales y se dio un “uso excesivo de la fuerza”. Tanto la comunidad como ACD han interpuesto acciones legales y han activado mecanismos internacionales de protección para evitar nuevas agresiones contra la población civil.

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Goliat genera energía

Publicado hoy en La Prensa

El Estado, ausente en disputa entre indígenas y multinacional

Goliat genera energía

Comunidades amenazadas por el megaproyecto hidroeléctrico de AES Changuinola

AVANCE. Los trabajos de construcción del dique principal de Chan 1 van a toda máquina. ESPECIAL PARA LA PRENSA/Paco Gómez1174592

Paco Gómez Nadal
CHANGUINOLA, Bocas del Toro

nacionales@prensa.com

Hay 112 escalones que separan a la comunidad de Charco La Pava del imponente río Changuinola. El aliento no alcanza para el caminante urbano, pero el empinado reto no logrará evitar que esta comunidad quede anegada cuando la represa que se construye a escasos 300 metros entre en operación.

Cuando esto ocurra, la comunidad habrá sido trasplantada a la loma de un cerro que alcanza a divisarse desde el caserío actual. Estará a unos 20 minutos a pie del agua y a una derrota de su tradición, de su forma de vida.

Alrededor de Charco La Pava, AES Panamá –la principal empresa generadora de energía en el país– avanza a pasos de gigante en su proyecto de Hidroeléctrica Chan 75 (Ahora Chan 1) y, a cada paso, las tensiones con y entre la comunidad crecen alimentadas a punta de salarios y discursos.

Algo más de 563 millones de inversión, unos 900 trabajadores, campamentos para sus técnicos que se parecen a los enclaves en la antigua Zona del Canal y… un “pequeño” problema: las comunidades indígenas ngöbe como Charco La Pava, Guayabal, Lazo o Valle del Rey, entre otras. Según los datos de AES, 159 familias con 800 miembros cuyas tierras quedarán dentro de las mil 394 hectáreas que serán anegadas.

Desde hace cuatro años, la empresa ha jugado a dividir la comunidad y desde entonces el pleito ha pasado de las palabras a los enfrentamientos violentos, por la represión policial [la empresa tiene un contrato de prestación de servicios de seguridad con la Policía Nacional] y llegando a la visita de James Anaya, relator especial de Naciones Unidas para los Derechos y Libertades Fundamentales de los Pueblos Indígenas el pasado 29 de enero. “Desde que vino Anaya, la empresa presiona un poco menos”, explica Bernardino Tera, de Guayabal. “Bueno, en realidad han cambiado la técnica, ahora utilizan gente de la misma comunidad para convencer y presionar a los que no le vemos el beneficio al proyecto”.

No opina lo mismo Thais Mejía, actual enlace de AES con la comunidad. “No se crean que ese señor [Anaya] les va a solucionar algo, es con nosotros con quien hay que negociar”. Sus palabras se escuchan en el precario salón de la escuela de Charco La Pava donde varios empleados de AES y funcionarios de diversas instituciones del Estado se reúnen con algunos miembros de la comunidad favorables al proyecto. La negociación se acaba cuando se trata de lo que AES denomina Reasentamiento Participativo. “Lo que sí les digo es que el reasentamiento va por que va. Vamos atrasados y no vamos a parar porque tres o cuatro personas no estén de acuerdo”. Concluye “la licenciada”.

A pocos metros de la escuela, Rafael Ábrego, uno de los que se enfrenta a AES mantiene otra versión de la historia. “Ellos nos desprecian, nos dicen que vivimos sucios, entre los animales y la basura, en casas feas… Nos quieren meter en casas de bloque, lejos del río”. Desde el lugar donde está sentado Rafael y Amelia Pineda –otra líder contundente en su posición– se pude ver el incómodo camino de piedritas hecho por AES como aporte a la comunidad. “Debe ser para no mancharse ellos cuando vienen, nosotros vamos con botas de caucho”.

Desde Charco La Pava se pueden ver las obras del dique principal de 99 metros de altura. La devastación es evidente. Ahora, unas 40 personas de las comunidades trabajan temporalmente para AES. Se pasean por el área con casco y chaleco, pero con muy pocas funciones. “Engañan a unos porque son analfabetos o no hablan español. A otros, los compran por un salario, aprovechando su pobreza”, se lamenta Ábrego.

El caso simbólico que muestra AES de estos reasentamientos “participativos” es el de Isabel Beker. De hecho, en su sitio web la ponen como ejemplo de mejora de calidad de vida. Cuando James Anaya visitó a la señora, el símbolo no cumplió con el guión y contó que quiere volver a Charco La Pava y cómo la forzaron abandonar el terreno en el área de la represa.

Valentín Pineda, administrador regional de la Autoridad del Ambiente en Bocas del Toro, cree que debido a lo “conflictivo” del proyecto la mayoría de las delegaciones provinciales del Gobierno central “no han sido suficientemente beligerantes”. En Chan 75 “se dejó la parte social para el final y tuvimos que jalarle las orejas a la empresa”, continúa Pineda quien al final reconoce que, en cualquier caso, sus competencias son limitadas. “Hay decisiones que se toman en Panamá”.

La ausencia del Estado en estos conflictos es evidente. Las comunidades deben negociar por su cuenta y eso las deja en clara desventaja. En el caso de Charco La Pava la desconfianza de los habitantes ante cualquier extraño es contundente. Llegar allá es difícil, porque la empresa controla la carretera pública y registra e interroga a todo aquél que quiera entrar a la zona. Ganarse la confianza de los habitantes es igual de difícil.

Los indígenas ngöbes saben que esta pelea les toca solos. En Charco La Pava, Ernesto López está seguro de que la comunidad tendrá que tomar otra vez “medidas de fuerza”. “El Gobierno está para ayudar a la empresa y en Changuinola todos los medios de comunicación están comprados… no quedan muchas alternativas”. Una mirada que confirma un periodista local en Changuinola, aunque pide el anonimato por miedo a represalias: “aquí casi todo el mundo recibe plata de esta gente”. Un único cabo suelto para Goliat: la diminuta población que sigue oponiéndose a reasentamientos o a compra de tierras.

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Bocas del Toro, detrás de la postal
TEMOR. Las condiciones de vida son infrahumanas para estos niños que transitan entre tablones para evitar el contacto con la basura y las aguas contaminadas. LA PRENSA/Paco Gómez

Publicado hoy en La Prensa

Paco Gómez Nadal
ESPECIAL PARA LA PRENSA
ISLA COLÓN, BOCAS DEL TORO

nacionales@prensa.com

La escuela El Paraíso está de camino al barrio de Saigón, en Isla Colón. Allí enseñan español a turistas extranjeros que llegan a Bocas del Toro en busca de la postal perfecta. No deben pasar de El Paraíso si quieren retener esa imagen.

Si se sigue caminando se llega al Istmito de Saigón, donde varios hoteles y residencias de extranjeros salpican una costa que lleva hasta los manglares de El Higuerón.

Si los hotelitos tienen carteles de propiedad privada, en El Higuerón son algunos escuálidos perros más chillones que agresivos los que indican que hay que entrar con cuidado a la zona. Hay que caminar entre fango, charcos de aguas fétidas y tablones de madera que sirven para brincar de una casa a otra evitando males mayores.

Saigón es ya denominado como sector rojo en Bocas y ahora los habitantes de El Higuerón temen que los saquen de sus precarias residencias de hacerse el proyecto de marina de lujo que se está tratando de impulsar en el Istmito. Es la historia del contraste en uno de los puntos más turísticos de Panamá.

El Higuerón no es el único lugar que no coincide con la imagen proyectada por Bocas. La tierra se ha encarecido en los últimos cinco años y los locales ya no pueden pensar en vivir en las calles “nobles” de la isla. Así les ocurrió a cientos de isleños que han ido llegando a La Solución, un barrio precarista a solo cinco minutos del aeropuerto internacional donde entre enero y octubre de 2008 pasaron algo más de 6 mil turistas. La Solución se concentra alrededor de la planta de tratamiento de aguas negras de Bocas y bajo las casas -construidas en equilibrio imposible y cosidas con madera reciclada, trozos de zinc y cartones- lo que fluye tampoco se podría describir de otra manera. “Llevamos acá cinco años y de aquí no nos movemos… ¿a dónde ir?”.

El alcalde del distrito de Bocas del Toro, Eligio Bins, confirma la sentencia del morador precarista. “Eso va a seguir, no hay ninguna solución para ellos”. Bins, que fue conocido por la opinión pública por el llamado desesperado que hizo hace tres años para evitar el caos en el archipiélago turístico, suena ahora más frustrado que nunca: “El futuro es terrible. El Gobierno nacional desaprovechó una oportunidad histórica de ordenar este caos. Bocas está peor que nunca. Nuestras infraestructuras son de mentira, nadie está mirando el problema social, el desempleo juvenil tan grave, las instituciones no funcionan…”. A pocos meses de salir de la administración local, Bins ve una mano negra en el hecho de que el Plan de Ordenamiento Territorial no esté terminado (en teoría debe estar el borrador a finales de marzo) y critica con dureza a Rubén Blades, el ministro de Turismo: “Ni una vez nos hemos reunido formalmente. Realmente, no ha sido una ayuda para el desarrollo del país”.

En la isla, algunos de los ciudadanos más activos en la defensa de lo poco que queda consideran que el alcalde no terminó su mandato tan combativo como lo comenzó. Uno de ellos es Feliciano Santos, un líder ngöbe que trata de ayudar a su comunidad, sometida a desalojos arbitrarios y un arrinconamiento a espaldas del paraíso. “Aquí aparecen títulos de propiedad fantasmas, los inversionistas hacen lo que quieren… Es un desastre ecológico, cultural… y la ciudadanía está desprotegida porque la seguridad jurídica no es para nosotros”.

La ciudadanía del distrito, según el mapa de pobreza publicado por el Ministerio de Economía y Finanzas en 2005 vive en el lugar más desigual de Panamá (con 0.591 en el coeficiente Gini) y mientras el 69% se puede considerar pobres, el 53% del total cae en la categoría de pobreza extrema.

Que el modelo Bocas no funciona es evidente apenas se sale de las calles principales o se camina en Carenero o en Bastimentos más allá de las casitas de postal que salpican la costa. El propio administrador regional de la Autoridad del Ambiente de la provincia, Valentín Pineda, con la boca pequeña reconoce que “la capacidad de carga del archipiélago está superada”.

Él, como la mayoría de los que se muestran preocupados, estaba a favor de una moratoria en la aprobación de los proyectos que desde ciudad de Panamá nunca fue apoyada. “Con la basura ya no podemos, las aguas negras van al mar, en el archipiélago no hay agua [el 53% de la población no tiene acceso a agua potable y para los que tienen, el servicio solo llega dos horas al día]… y aun así se están aprobando proyectos como Casi Cielo en Bocas del Drago o la Marina en el Istmito de Saigón. Nosotros, desde acá, no estamos de acuerdo”.

El rejuego de los proyectos y, por tanto, de la tierra está descontrolado y la especulación está haciendo un daño incalculable. Así lo considera también Alfredo López, coordinador de fortalecimiento institucional del Plan de Desarrollo Sostenible de Bocas. “Es mucho desorden y ha pagado la gente de la isla”. “Todo depende hacia dónde mire. El paraíso solo está en esta calle”, concluye un lugareño que apura un café en uno de los pocos restaurantes criollos que aún quedan abiertos en el centro de Isla Colón.

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Los guardianes del paraíso

(nota publicada en La Prensa el 5 de marzo)

Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com
A unos 40 minutos de caminata de Kusapín está Mrusaray (la forma ngobere de denominar Guacamayo). Mursaray significa, en una traducción aproximada, “lo que quedó” y si se destaca es por que allá un monstruo inundó las hermosas playas llenas de uvos y la población se protegió en un cerro para salvar la vida. Acá, en esta calma que parece imposible en un mundo de celulares y tiempo envasado, una pequeña comunidad guarda el paraíso. Una sucesión de playas interminables, con olas espumosas que ora acarician ora golpean, sembradas de palmas que un día mantuvieron a la población con sus cocos para la exportación y bañadas desde el interior por una vegetación sin límite y unos cultivos que hasta sin trabajarlos regalan comida y sombra.
Muy cerquita está Kusapín, el pueblo más grande de la península Valiente, y allá es fácil sentir que los guardianes del paraíso se han tenido que volver desconfiados para que su paz no sea usurpada. Los amables saludos al extraño no pueden ocultar el recelo y más si tiene pinta de ‘gringo’. “No me gustan los gringos, ya sabe a qué vienen”, dice una mujer sentada en una escalera sin ninguna intención de subirla o bajarla. Se refiere a los inversionistas turísticos y al pulso que esta comunidad tuvo que mantener con el Consorcio Damani Beach S.A y con sus propias autoridades ngobe, cuando éstas firmaron un convenio con la empresa extranjera para la explotación de esta región en exclusiva por 45 años.
“Nuestras autoridades se venden. Aquí no tenemos la vida social del dólar y cuando alguien aparece con un par de billetes… pues se venden”, se queja con rabia Diego Hanckoc; “Si no nos unimos y defendemos este patrimonio nos va a pasar lo que en Isla Colón”, insiste Mariano Recor; “El pobre es negociable… y por eso al gobierno le conviene mantenernos sin educación porque nuestro despertar sería grande”, concluye Sebastián Jiménez. Hablamos a oscuras porque la planta que genera energía lleva tiempo sin el costoso diesel. Sin embargo, Kusapín es una comunidad limpia y ordenada, organizada, sin duda.
En los habitantes hay un sentimiento de abandono por parte del Gobierno y de los propias autoridades –divididas en dos Congresos Ngöbe-Buglé- y quizá por eso sienten que deben defender ellos solos este territorio. En Nidori, por ejemplo, los habitantes de las 11 casas plantadas al pie de una playa de arena blanca de postal, se están organizado para recibir un turismo de bajo impacto. “Hemos construido este chiquero a la sombra y ahora vamos a intentar poner un sitio para bañarse con agua dulce y una letrina abonera”. Arturo Beker es uno de los líderes de esta pequeña comunidad y todos los martes reúne a su gente para hacer trabajo comunitario con la ayuda de Jayne Konecny, una voluntaria de los Cuerpos de Paz que vive en el vecino Guacamayo.
Al atardecer, la costa de la península se tiñe de ocres y plateados que compiten en este mar agitado que no es aconsejable en día de lluvia o fuerte brisa. Los andenes de Kusapín son la ruta de encuentro y de charla. Algunas tiendas o casas tienen generador eléctrico, pero son los focos de mano los que permiten localizar la chitra y alimentar la conversación. “Publique lo que decimos”. Sebastián Jiménez, médico ngöbe se despide recordándome su metáfora del momento: “En la conquista nos metieron en una cueva y ahora se han dado cuenta de que esa cueva está llena de tesoros. Nadie nos va a defender, así que nos toca resistir a nosotros”.

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Imágenes en la chakara

Algunas otras imágenes de este camino para compartir, una vez que el orden empieza a ser caos.

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Mapas

Los mapas son una manta llena de costuras trazadas por la historia y por el poder. La carretera se trazó para sacar el banano hasta aquel puerto, o la frontera se señaló allá donde la tolerancia de los gamonales lo permitió. Pero todos y todas construimos nuevos mapas a cada paso que damos. ¿Dónde nos desviamos?, ¿en qué cruce de caminos decidimos tener decisión?, ¿con quién hablamos?, ¿para quién el silencio?

me faltaba el mapa ‘oficial’ de la última fase en Bocas del Toro. Aquí lo adjunto. Ya con ganas de que llegue abril y volver a re-descubrir este país y a des-aprender aquellos imaginarios, miro los mapas con cierta nostalgia consciente de que desde acá, desde la ciudad, los mapas ya son planos de shortcuts, trampas al tiempo.

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Desplazamiento “educativo”

Soloy es un lugar especial dentro de la Comarca Ngäbe-Buglé. Quizá porque es uno de los centros de la religión Mamatata, tan influyente entre estos indígenas. O porque allí se ha generado un foco de resistencia a los megaproyectos en el Cerro Chorcha, o porque es uno de los puntos desde donde sale la diáspora ngäbe hacia Costa Rica en busca de trabajo…

Pasan cosas tan sorprendentes como el desplazamiento “educativo” que pude ver junto a la escuela pública. Con su instalación se generó un deseo de formación que arrastró a centenares de familias que vivían dispersas en las montañas a instalar unas precarias cabañas en el terreno contiguo a la escuela para que los hijos e hijas pudieran asistir. Es ahora el Barrio 2000, de donde han tratado de desalojarlos como si fueran precaristas en lugar de entender el hambre de formación que tienen, aunque la educación pública no esté diseñada para birndar oportunidades, sino “para mantenernos pobres y que trabajemos de jornaleros”.

Raúl me cuenta el enfado con los líderes ‘oficiales’, de cómo estos se han vendido al Gobierno y a las empresas y de cómo esto ha provocado que la población se organice de forma paralela alrededor del Movimiento Popular Mixto 8 de Mayo, en conmemoración de los sucesos de esa fecha en 2007, cuando indígenas y no indígenas cortaron la carretera interamericana en protesta por los proyectos impuestos y la respuesta oficial fue con antimotines y detenciones. Mientras el resto del país está en Carnaval, bebiendo y bailando sin más sentido que el de perder la consciencia (conciencia ya hay poca), acá en Soloy el ritmo es otro. Un incesante hormigueo de mujeres, hombres y niños cose los caminos de tierra y polvo. No se espantan ni cierran los ojos ante la nube de tierra que levantan los transportes públicos que empiezan a traer de vuelta en estos días a los recolectores de café que emigran a Costa Rica en busca de mejor pago y trato que el que se recibe en Panamá. Cómo las hormigas, con la plata recogida durante los cuatro meses de cosecha pasan el resto del año acá, haciendo crecer este caserío que hace 20 años apenas era un conjunto de tres casitas de madera y hoy tiene vida intensa pero sin la intensidad de una urbe. El tiempo pasa a otro ritmo. Un ritmo del que me he contagiado en los últimos días, en las últimas semanas.

Decido, al salir de Soloy, adelantar mi regreso a Ciudad de Panamá un día para evitar los trancones de la operación retorno de hoy martes. Conforme me acerco, siento un nervio extraño, una agitación que no corresponde al estado de ánimo que paseaba con orgullo. El regreso a la ciudad, aunque desolada por las ausencias del Carnaval, me recuerda el modelo de vida insostenible en el que hemos crecido los urbanitas. Los gestos me parecen más violentos, le movimiento innecesario, la acumulación: una extraña forma de perder la esencia.

Después de 20 días pongo fin a la primera fase de este proyecto. 3,704 kilómetros en carro y los otros recorridos medidos en pisadas y en millas naúticas… Llevo a penas un tercio de Panamá en Ruta y, aunque el descanso se va a agradecer, ya echo de menos las gentes y las imágenes que me han impregnado y enseñado tanto en el camino. Mi agradecimiento es profundo, mi mirada, ya es otra. Ahora toca escribir y poner orden a las sensaciones. Espero lograrlo y que ustedes lo lean cuando hayan nacido las crónicas de Veraguas, Chiriquí, Bocas del Toro y la Comarca Ngäbe-Buglé.

Gracias por haber estado por acá. El camino reinicia en abril.

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Los guardianes del paraíso

Ya se retiró el sol. Lo hizo de forma lenta, casi ritual, buscando un hueco en esta orgía de imágenes. La península de Valiente nos habia recibido en la mañana con furia. Lluvia, olas fuertes y altas y algo de viento para pasar el canal que permite acceder a Kusapín entre barreras de coral e islotes salpicados por el azar de esta madre tierra tan caprichosa a veces.

Ya se retiró el sol y los ngöbe caminan por las aceras de cemento sacudiendo la chitra -de carnaval a esta hora- y agitando las linternas. El punto de reunión es en una pequeña cabañita de madera y ahí nos apeñuscamos unas 20 personas. Hombre, mujeres, algún niño que entra y sale, y dos cabras que parecen tan atentas como disciplinadas. Si todos los ngöbe, si todos los no ngöbe, tuvieran la claridad de este grupo… otro gallo cantaría. Diego Hankoc pone las cosas claras desde el principio: “América es de los ngöbe -forma genérica de referirse a los indígenas- y somos nosotros los que debemos decidir qué proyectos se hacen o no se hacen en nuestro terrritorio”. La temperatura va subiendo: “No tenemos que esperar que venga un español, con perdón de usted, para organizarnos o reunirnos”.  “Cuando vinieron a conquistar estas tierras nos metieron en la cueva, pero ni con eso se conformaron. Ahora nos quieren sacar de la cueva porque se han dado cuenta que está llena de riquezas”. El doctor ngöbe Sebastián Jiménez se ha formado en Cuba y sus palabras están repletas de críticas al sistema capitalista y llenas de claridad. “Nos edudcan para seguir siendo pobres porque si nos educáramos de verdad y cultiváramos nuestra identidad no podrían robarnos ni utilizarnos como ahora”.

La reunión se torna reivindicativa y lo que iba a ser media hora de conversatorio se extiende hasta casi las 10 de la noche. Hay críticas para el Gobierno ["que nos dio una Comarca pero no la autonomía. Es como el apdre que da de comer al hijo pero es él el que decide cuándo y cómo"], para las ONGs que vienen y se van ["aprovechándose de nuestra pobreza para conseguir proyectos"], para los propios líderes ngöbe ["ellos se venden por unos balboas y nos venden a nosotros. Eso es lo malo de un medio social tan pobre, que muchos se dejan comprar fácil"], para los extranjeros ["siempre llegan con palabras bonitas y después nos quieren sacar algo"]… contra la comunidad misma ["no somos tan conservacionistas como decimos y cada día somos más individualistas. En la Comarca el terreno colectivo lo gestionamos como si fuera privado].

Siento que hicimos lo que los humanos cada vez practicamos menos: hablar con sinceridad, de frente, sin miedo a que duela o a hacer daño… en la oscuridad rota apenas por una débil linterna colgada del techo de penca, la palabra amanece.

Antes, con Jairo San, una larga caminata por el fango y la arena para conocer comunidades como Guayabo o Nidori. Paraísos naturales a pie de playa, lugares limpios poblados por gente amable que está tratando de organizar una oferta de turismo comunitario de bajo impacto.

Estas comunidades de la costa atlántica muestran mejor calidad de vida que las que he podido visitar en la parte interior de la Comarca Ngöbe-Buglé (en realidad Ngäbe-Buglé). Hay agua limpia, las casas, en general, están bien mantenidas, el mar y la tierra son generosos en alimentos y la aparente paz del lugar solo ha sido rota por las propuestas de megaproyectos como el de Damani Beach S.A., una empresa estadounidense que formó un convenio con el Congreso regional Ño Kribo para explotar la zona en exclusiva durante 45 años. Por suerte las comunidades se revelaron en contra de sus propias autoridades y se frenó esta locura, pero la división quedó sembrada. “Ya no hay la misma confianza entre nosotros”, me dice Jairo, uno de los que se opuso a la prometida inversión en turismo.

Los indígenas de Kusapín son los guardianes de un paraíso conocido por muy pocos panameños o extranjeros. Y han visto lo ocurrido en el archipiélago de Bocas del Toro (a solo dos horas en lancha de acá), donde muchos de ellos han trabajado. “Si nos nos plantamos duro… nos pasará lo mismo”.

Ni siquiera al salir de la zona siento que las personas me miran sin recelos. Cualquier extraño es una amenaza para estas comunidades y, aunque, a mi me trataron en general con cariño gracias a la presentación de Jairo, comprendo que se defiendan de “los blancos”.

Para concluir esta primera fase del viaje solo me falta visitar Soloy, en la parte sur de la Comarca. Así que salgo de Chiriquí Grande y manejo sobre mis pasos para comenzar el camino que me llevará de regreso a Ciudad de Panamá a mitad de semana. A estas alturas (3.100 kilómetros en carro, unas 14 horas en botes y otras tantas caminando), un dedo averiado y la espalda tocando su propia música empiezan a reclamar una pausa.

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Señales en el camino

Para relajar un poco el tono usualmente dramático de mis post, les regalo algunas imágenes robadas en el camino. Señales, señalética popular o símbolos de lo cotidiano.

!Saludos!

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El fétido aroma del ‘desarrollo’


Acabo de hablar con el alcalde de Bocas del Toro, Eligio Bins, y está tan frustrado (”en buen panameño, cabreado”) con la situación de este distrito, de sus gentes que, paradójicamente, comparte palabras y rabia con activistas sociales como Feliciano Santos, un ngöbe que le ha plantado cara a los inversores y a las autoridades en defensa del territorio indigena en las islas.
Bocas tiene dos caras. Seguro que más. Ya han sido contadas aunque no se ha divulgado lo suficiente. Anoche leía un informe que hizo Mir Rodríguez (Almanaque Azul) en 2007 y que nunca fue publicado. Es una radiografía clara y documentada de lo que está aconteciendo en el archipiélago.
Yo he tenido hoy mi dosis de realidad. Primero, en el barrio precarista de La Solución. Cientos de casas en un equilibrio imposible rodean la planta de tratamiento de aguas negras de la ciudad. El olor es intenso y difícil de soportar. La barriada está sobre un manglar y sus habitantes transitan por caminos de tablones elevados un metro y medio sobre la lama que se mezcla con basura y aguas de dudosa procedencia.
Acá viven los excluidos del paraiso. Los problemas de empleo, o la venta de las tierras por precios bajos y sin pensar en futuro, empujan a muchos bocatoreños a vivir en una situación de precariedad de la que, según me confiesa el alcalde, no van a salir.
No es muy diferente el ‘clima’ que se respira en El Higuerón, en la temida zona de Saigón. Pobreza, una especie de silencio poco ritual solo roto por los ladridos de perros que sostienen una piel transparente sobre esos huesos puntiagudos… A pocos metros, hoteles, casas de extranjeros con aire acondicionado y carro 4 x 4 en la puerta. ¿Jamás mirarán hacia atrás?
El futuro de esta zona es poco alagüeño. El prometido Plan de Ordenamiento Territorial no está listo (y Bins piensa que es intencional el atraso), la politiquería es parte de la sangre que corrompe este cuerpo (como confirma Alfredo López, del programa de Desarrollo Sostenible), y el abuso en asunto de tierras y de cultura parece no tener límite (como compruebo de la mano de Feliciano Santos).
El alcalde ha perdido prestigio entre los ciudadanos. Para muchos entró peleando bien y va a salir rendido ante los inversionistas. Según él, las autoridades de Panamá capital aprueban proyectos negativos para el distrito y él poco puede hacer. Bins considera que uno de los seres que menos ha hecho por el desarrollo del país es Rubén Baldes, el ministro de Turismo. Su lista sigue y es larga…
Sé que les puede sonar a lluvia sobre mojado (quizá me ha influido la lluvia que me ha mojado durante buena parte del día). Se me puede tildar de pesimista, incluso de poco patriota por señalar la oscuridad en lugar de la luz… pero les confieso que no puedo entender esta brecha tan profunda, esta injusticia sostenida, este no querer ver y menos actuar.
No se cómo se pede vivir en estas condiciones, ni cómo estas gentes son tan pacíficas…. Imagino que hoy se olvidará todo. Ya está la música del Carnaval sonando y las pintas tienen ese magnífico poder amnésico (también anestesiante).
Amanecerá… amanecerá y seguro que vuelvo a ver en el sol algún rayo de esperanza.

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Mirar a los lados

No hay que ser observador profundo para que el “encanto” de Bocas reviente en bolsas de basura tiradas en cada esquina. Acabo de llegar a Isla Colón, lo que para los turistas es Bocas del Toro. Yates y veleros alternan con turistas de espalda roja, decenas de hotelitos y tiendas para ellos, todo volcado en este próspero negocio. La isla ‘turística’ se reduce a un par de calles y hay que viajar a otras islas del archipiélago donde se reproduce el fenómeno: lindos hoteles propiedad, en la mayoría de los casos de extranjeros, proyectos residenciales de lujo y muchos loclaes dando servicio. [Mañana iré al barrio La Solución (los nombres de barrios y comunidades dan para un libro, por cierto). Allá la historia es diferente. Una buena parte de bocatoreños que vendieron sus tierras en el boom ahora viven junto al tubo de las aguas negras...]
A Isla Colón se llega por aire o desde Almirante a razón de 4 dólares el boleto en la lancha. Si Changuinola tiene un problema gravísimo de basuras, en Almirante es monumental. Las montañas de basura se acumulan por las esquinas y por la tranquilidad de los locales se nota que es habitual.
Los tres municipios de Bocas del Toro (Changuinola, Bocas y Chiriquí Grande) tienen el mismo problema y no hay solución porque la política se interpone. Ya se compró un terreno de 30 hectáreas para tener un vertedero mancomunado, pero el Concejo de Changuinola tiene parado el proyecto.
A estas alturas del siglo y del supuesto desarrollo (el presidente Martín Torrijos dice que estamos a las puertas del primer mundo, el Índice de Desarrollo Humano asegura que ya estamos y la sacrosanta economía creció al 9% según repiten unos y otros), los 88 mil habitantes de Changuinola no tienen un sistema de aguas negras (alcantarillado básico), la potabilizadora tiene problemas y el déficit de vivienda es abrumador.
La provincia de Bocas del Toro es una inmensa isla conectada de un frágil hilo de asfalto con el resto del país, donde un pequeño grupo de poder controla los recursos y donde la lógica de la república dentro de la república (lo que ha hecho Bocas Fruit Company por 110 años) parace reproducirse ahora con proyectos turísticos e hidroeléctricos.
Como todos los días… mi ración de optimismo llegó tan puntual como los hojaldres con los que arranco cada mañana: en Tibite, a medio camino entre Changuinola y Almirante, participo de una reunión de líderes ngöbe de decenas de comunidades. Están preparándose para el acoso a sus territorios y a su forma de vida. Si hay una señal luminosa en Panamá la estoy encontrando en las pequeñas comunidades resistentes. Sin duda.

*[Parántesis para los citadinos de Panamá: anoche vi los informativos televisivos nacionales desde esta parte de la República... es comprensible la incomprensión de la capital hacia el resto del país cuando el 90% de las noticias se refieren a ella. La ignorancia es el inicio de la discriminación. Desde acá es muy parecido. Para la gente del campo y de los ríos, ciudad de Panamá es lo más parecido a Bagdad... ¿tendrá algo que ver esta moda de que solo nos cuentan sucesos violentos?]

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Los naso, enlatados en su propia tierra


Camino a San San Drui nos cruzamos con un vehículo policial ‘todoterreno’ acompañado de un par de carros más con agentes de la Dirección de Investigaciones Judiciales, la corregidora y algún funcionario despistado más. Ya sabíamos que la visita sorpresa a esta comunidad naso no podía ser buena. Al llegar, la comunidad nos recibe con amabilidad y nos cuenta que han venido a amenazarlos: después de carnaval serán desalojados de sus tierras. Como siempre, la Ganadera Bocas (Mario Guardia) pretende ganar la batalla y exige que los indígenas abandonen estas tierras, en pleito desde hace décadas pero ocupadas, mantenidas y trabajadas por los naso todo ese tiempo.
No doy los nombres de los vecinos porque prefieren guardarlo, pero sí les diré que están dispuestos a ir hasta la última. Una mujer, fuerte, decidida, de palabras contundentes, lo expresa sin ambages: “Si creen que las flechas son de decoración están listos. A mi no me sacan de acá”. El hermano de esta garantía de mujer, tiene otro símil: “Esa gente de Ganadera Bocas tiene una fiebre de tierras y yo tengo la pastilla para bajársela, ojalá no haya que utilizarla”.
La situación es tensa, y el rey Naso, Valentín Santana (en pugna con el otro rey, sobrino de él, Tito Santana), me dice que para ellos solo hay un objetivo, que el gobierno y la Asamblea Nacional den vía libre a la nueva Comarca Naso, 112 mil hectáreas que les permitirían demarcar territorio y defenderse mejor porque, ahora, están como “sardinas enlatadas”, rodeados por empresas y sin Estado que proteja.
El día ha sido de sol, agua y barro. En la mañana, acompañado por dos jóvenes líderes naso, Eliseo y Reynaldo, remontamos el corrientoso río Teribe en dirección a Bonyik, la comunidad en la desembocadura del río Bon que ya está viendo los efectos de un proyecto de hidroeléctrica de Empresas Públicas de Medellín (Colombia). Aquí ha habido enfrentamientos con la policía, balas, quema de maquinaria y muy poco entendimiento.
La propia división del pueblo naso, con dos líderes, favorece el enredo, pero, por lo que pude ver, la actitud de la empresa no ayuda. Una carretera que atraviesa lugares poblados, desvío del río en puntos que afectan a la comunidad, incluso mortandad de peces antes siquiera de empezar a construir la represa.
Esteban Durán y su hermano Teódolo son de los más afectados por la carretera. No piensan rendirse y relatan la odisea que ya dura dos años a la sombra de un palo y con el ruido de fondo de la maquinaria pesada que revienta roca en una loma vecina. “Vender a la tierra es como vender a la madre”, asegura Teódolo sin pestañear. Esteban, algo más rudo y directo, amenaza: “A este perro lo van a ver muerto, pero sin salir de este potrero”.
Como siempre que uno visita este tipo de comunidades, expuestas a estos gigantes, queda la sensación de pequeñez como periodista. Ellos creen que de algo sirve que yo llegue hasta allá y los escuche para contar su historia, yo siempre les digo que no se hagan ilusiones que lo único que tienen es mi hermandad porque cada vez más los poderosos hacen oídos sordos a las denuncias públicas. Sin embargo, siento que venir, compartir con ellos, hablar, compartir, ya es parte de la solución: crear un tejido de solidaridades que algún día les permita reaccionar ante el siguiente abuso. Ustedes ya son parte de esa madeja.
Buenas noches

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El Charco (la Pava) que molesta a Goliat


Cuando una empresa invierte algo más de 500 millones de dólares, cuando un Estado da una concesión para hacer un complejo de represas y no tiene en cuenta que en ese territorio hay humanos viviendo, cuando unas 70 familias están en medio del lugar donde en dos años habrá un embalse… David tiene pocas posibilidades de triunfar contra Goliat.
La comunidad de Charco La Pava lleva cuatro años luchando contra AES Panamá para lograr que se respeten los pocos derechos que creían tener. Cargas policiales, presión para firmar convenios de reubicación, chantajes, pagos a periodistas y división de la comunidad… la lista es larga. Tuve la suerte de llegar hoy ahí, cuando la empresa había citado una reunión con la comunidad a la que asistieron más funcionarios públicos de la ciudad que habitantes del caserío. Digo que tuve la suerte porque pude escuchar el discurso de “responsabilidad social” que choca con la realidad social.
Para llegar a Charco La Pava hay que transitar por una carretera pública donde el control de acceso es privado. Un vigilante pide cédula y pregunta el destino y la tarea. 20 metros más allá, policías nacionales pagados por la empresa refuerzan el mensaje. Mi compañero de viaje está seguro de que estamos pasando sin problemas por mi pinta d gringo y por el carro de clase.
Cruzar el río Changuinola para subir a la comunidad se hace en un bote financiado por la compañía. Unas 30 personas de la comunidad andan con casco y chaleco, contratadas por AES por algo más de un dólar la hora. Incluída Pantaleona, que en rudimentrio español se ríe de su posición de “seguridad vial”.
Antes de hablar conmigo, algunos líderes y lideresas de la comunidad me hacen un largo interrogatorio. Ya no confían en nadie. “Estamos solos, nadie nos apoya en Panamá, el Gobierno como que trabaja para la empresa y acá nos han mandado muchos periodistas para después utilizar las imágenes a favor de AES”. Rafael y Amelia al final se abren y compartimos charla e inquietudes.
Mi sensación es que Goliat aplastará a David y es palpable que la comunidad se divide ante esa posibilidad y ante la tentación del dinero.
Es un tema muy complicado en el que hay desigualdad en todos los sentidos. Indígenas ngöbe -que en muchos casos no hablan español- negociando con abogados de ciudad llenos de trucos, el poder del dinero contra el argumento de la dignidad, un gobierno que debería defender los intereses de sus ciudadanos volcado en ayudar a la empresa…
En las fotos pueden ver los “campamentos” de la empresa para sus trabajadores de cierto nivel y la comunidad sin luz eléctrica ni agua potable. También podrán observar el “super” camino de piedra que están construyendo en Charco. “Yo creo que es para no mancharse ellos de barro, porque nosotros caminamos por la tierra”, me dice un vecino.
Cuando las cosas empiezan mal, terminan mal… supongo. Aunque una buena parte de las gentes de Charco están dispuestas a dar la pelea, es más: no han dejado de hacerlo. Ernesto López lo ratifica: “iremos hasta la última, a dejar el pellejo en esta lucha”.

En la tarde, la otra cara de la moneda, la positiva. En esta provincia llena de problemas sociales y económicos, pude conocer a Orlando Lozada y su padre Antonio. Tiene una finca de 40 hectáreas modelo en Centroamérica: agricultura sostenible y orgánica, cuidado de las cuencas hidrográficas, bosque primario conservado y producción de cacao, banano y maderables rentable… “Queremos demostrar que se puede hacer agricultura conservando el medioambiente…. no podemos olvidar que en el bosque está nuestro pasado”.
La finca La Magnita no compra casi nada afuera y cierra el círculo de la naturaleza de manera fluida. “La tierra es generosa y la agricultura fácil, lo que pasa es que no observamos suficiente y no respetamos su lógica”. La lógica de Orlando, como la de la naturaleza, es aplastante.
Mañana salgo para el río Teribe, a territorio Naso. Buenas noches caminantes.

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Bocas a punto

Cambio de geografía, cambio humano. ya he llegado a la provincia de Bocas del Toro y he avanzado hasta Changuinola para abordar esta ciudad límite y sus contornos, incluido Charco La Pava -donde se construye el proyecto hidroeléctrico Chan 75-, el territorio nasso y las fincas bananeras de esta zona, donde todavía es la estadounidense Chiquita, a través de la Bocas Fruit Company, la que da y quita la vida: el empleo.

El paisaje cruzando la cordillera es hermoso, aun salpicado de pequeñas casas de madera que se mantienen en un equilibrio de fonambulista con vértigo y con una carretera que sufrió en las últimas semanas unos 90 derrumbes y que mantiene 16 puntos críticos. La sensación es que otro temporal puede dejar aislada durante mucho tiempo a esta provincia tradicionalmente aislada del poder central.

Está casi terminado el nuevo puente que conectará a Changuinola con el mundo y que la liberará del viejo paso sin lógica a estas alturas de la Historia.

Mañana comienza la ruta por este territorio. Las y los llevo conmigo. Van 2,645 kilómetros y esta fue la ruta de hoy (para los que no están en este Istmo repleto de sorpresas).


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