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Los guardianes del paraíso

Ya se retiró el sol. Lo hizo de forma lenta, casi ritual, buscando un hueco en esta orgía de imágenes. La península de Valiente nos habia recibido en la mañana con furia. Lluvia, olas fuertes y altas y algo de viento para pasar el canal que permite acceder a Kusapín entre barreras de coral e islotes salpicados por el azar de esta madre tierra tan caprichosa a veces.

Ya se retiró el sol y los ngöbe caminan por las aceras de cemento sacudiendo la chitra -de carnaval a esta hora- y agitando las linternas. El punto de reunión es en una pequeña cabañita de madera y ahí nos apeñuscamos unas 20 personas. Hombre, mujeres, algún niño que entra y sale, y dos cabras que parecen tan atentas como disciplinadas. Si todos los ngöbe, si todos los no ngöbe, tuvieran la claridad de este grupo… otro gallo cantaría. Diego Hankoc pone las cosas claras desde el principio: “América es de los ngöbe -forma genérica de referirse a los indígenas- y somos nosotros los que debemos decidir qué proyectos se hacen o no se hacen en nuestro terrritorio”. La temperatura va subiendo: “No tenemos que esperar que venga un español, con perdón de usted, para organizarnos o reunirnos”.  “Cuando vinieron a conquistar estas tierras nos metieron en la cueva, pero ni con eso se conformaron. Ahora nos quieren sacar de la cueva porque se han dado cuenta que está llena de riquezas”. El doctor ngöbe Sebastián Jiménez se ha formado en Cuba y sus palabras están repletas de críticas al sistema capitalista y llenas de claridad. “Nos edudcan para seguir siendo pobres porque si nos educáramos de verdad y cultiváramos nuestra identidad no podrían robarnos ni utilizarnos como ahora”.

La reunión se torna reivindicativa y lo que iba a ser media hora de conversatorio se extiende hasta casi las 10 de la noche. Hay críticas para el Gobierno ["que nos dio una Comarca pero no la autonomía. Es como el apdre que da de comer al hijo pero es él el que decide cuándo y cómo"], para las ONGs que vienen y se van ["aprovechándose de nuestra pobreza para conseguir proyectos"], para los propios líderes ngöbe ["ellos se venden por unos balboas y nos venden a nosotros. Eso es lo malo de un medio social tan pobre, que muchos se dejan comprar fácil"], para los extranjeros ["siempre llegan con palabras bonitas y después nos quieren sacar algo"]… contra la comunidad misma ["no somos tan conservacionistas como decimos y cada día somos más individualistas. En la Comarca el terreno colectivo lo gestionamos como si fuera privado].

Siento que hicimos lo que los humanos cada vez practicamos menos: hablar con sinceridad, de frente, sin miedo a que duela o a hacer daño… en la oscuridad rota apenas por una débil linterna colgada del techo de penca, la palabra amanece.

Antes, con Jairo San, una larga caminata por el fango y la arena para conocer comunidades como Guayabo o Nidori. Paraísos naturales a pie de playa, lugares limpios poblados por gente amable que está tratando de organizar una oferta de turismo comunitario de bajo impacto.

Estas comunidades de la costa atlántica muestran mejor calidad de vida que las que he podido visitar en la parte interior de la Comarca Ngöbe-Buglé (en realidad Ngäbe-Buglé). Hay agua limpia, las casas, en general, están bien mantenidas, el mar y la tierra son generosos en alimentos y la aparente paz del lugar solo ha sido rota por las propuestas de megaproyectos como el de Damani Beach S.A., una empresa estadounidense que formó un convenio con el Congreso regional Ño Kribo para explotar la zona en exclusiva durante 45 años. Por suerte las comunidades se revelaron en contra de sus propias autoridades y se frenó esta locura, pero la división quedó sembrada. “Ya no hay la misma confianza entre nosotros”, me dice Jairo, uno de los que se opuso a la prometida inversión en turismo.

Los indígenas de Kusapín son los guardianes de un paraíso conocido por muy pocos panameños o extranjeros. Y han visto lo ocurrido en el archipiélago de Bocas del Toro (a solo dos horas en lancha de acá), donde muchos de ellos han trabajado. “Si nos nos plantamos duro… nos pasará lo mismo”.

Ni siquiera al salir de la zona siento que las personas me miran sin recelos. Cualquier extraño es una amenaza para estas comunidades y, aunque, a mi me trataron en general con cariño gracias a la presentación de Jairo, comprendo que se defiendan de “los blancos”.

Para concluir esta primera fase del viaje solo me falta visitar Soloy, en la parte sur de la Comarca. Así que salgo de Chiriquí Grande y manejo sobre mis pasos para comenzar el camino que me llevará de regreso a Ciudad de Panamá a mitad de semana. A estas alturas (3.100 kilómetros en carro, unas 14 horas en botes y otras tantas caminando), un dedo averiado y la espalda tocando su propia música empiezan a reclamar una pausa.

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Mirar a los lados

No hay que ser observador profundo para que el “encanto” de Bocas reviente en bolsas de basura tiradas en cada esquina. Acabo de llegar a Isla Colón, lo que para los turistas es Bocas del Toro. Yates y veleros alternan con turistas de espalda roja, decenas de hotelitos y tiendas para ellos, todo volcado en este próspero negocio. La isla ‘turística’ se reduce a un par de calles y hay que viajar a otras islas del archipiélago donde se reproduce el fenómeno: lindos hoteles propiedad, en la mayoría de los casos de extranjeros, proyectos residenciales de lujo y muchos loclaes dando servicio. [Mañana iré al barrio La Solución (los nombres de barrios y comunidades dan para un libro, por cierto). Allá la historia es diferente. Una buena parte de bocatoreños que vendieron sus tierras en el boom ahora viven junto al tubo de las aguas negras...]
A Isla Colón se llega por aire o desde Almirante a razón de 4 dólares el boleto en la lancha. Si Changuinola tiene un problema gravísimo de basuras, en Almirante es monumental. Las montañas de basura se acumulan por las esquinas y por la tranquilidad de los locales se nota que es habitual.
Los tres municipios de Bocas del Toro (Changuinola, Bocas y Chiriquí Grande) tienen el mismo problema y no hay solución porque la política se interpone. Ya se compró un terreno de 30 hectáreas para tener un vertedero mancomunado, pero el Concejo de Changuinola tiene parado el proyecto.
A estas alturas del siglo y del supuesto desarrollo (el presidente Martín Torrijos dice que estamos a las puertas del primer mundo, el Índice de Desarrollo Humano asegura que ya estamos y la sacrosanta economía creció al 9% según repiten unos y otros), los 88 mil habitantes de Changuinola no tienen un sistema de aguas negras (alcantarillado básico), la potabilizadora tiene problemas y el déficit de vivienda es abrumador.
La provincia de Bocas del Toro es una inmensa isla conectada de un frágil hilo de asfalto con el resto del país, donde un pequeño grupo de poder controla los recursos y donde la lógica de la república dentro de la república (lo que ha hecho Bocas Fruit Company por 110 años) parace reproducirse ahora con proyectos turísticos e hidroeléctricos.
Como todos los días… mi ración de optimismo llegó tan puntual como los hojaldres con los que arranco cada mañana: en Tibite, a medio camino entre Changuinola y Almirante, participo de una reunión de líderes ngöbe de decenas de comunidades. Están preparándose para el acoso a sus territorios y a su forma de vida. Si hay una señal luminosa en Panamá la estoy encontrando en las pequeñas comunidades resistentes. Sin duda.

*[Parántesis para los citadinos de Panamá: anoche vi los informativos televisivos nacionales desde esta parte de la República... es comprensible la incomprensión de la capital hacia el resto del país cuando el 90% de las noticias se refieren a ella. La ignorancia es el inicio de la discriminación. Desde acá es muy parecido. Para la gente del campo y de los ríos, ciudad de Panamá es lo más parecido a Bagdad... ¿tendrá algo que ver esta moda de que solo nos cuentan sucesos violentos?]

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Esa injusticia que llaman democracia

1.860 kilómetros y siento que miles de historias se me están quedando al borde de los caminos. Hay tanta gente, tanta, tanto valor, tanto poder… Pido disculpas  por no haber actualizado el blog en las últimas horas pero digamos que he estado en un maratón chiricano: David-Dolega-Rincón Largo-Esperanza-Boquete-Bugaba-Aserradero de Gariché- Puerto Armuelles-Finca Burica-San Andrés-Santo Tomás-David.
Montaña y mar, campesinos e inversores, obreros de las bananeras y nuevos cooperativistas de la palma aceitera… han sido 48 horas aleccionadoras.
En medio, unos tragos con tres dos chiricanos y una coclesana en un bar de gringos mochileros y una conversación donde Julián me regala una de esas frases antológicas: “Estoy cabreao de esa injusticia que llaman democracia”. Se podría hacer más poesía, pero no ser más claro. En el camino de la claridad, que parece que en esta provincia es religión -hasta motivo de orgullo-, me topo con el mítico Roger Patiño y su compañera, Melva Miranda. Roger fue el padre del movimiento federalista que impulsáron los chiricanos a principios de los 90 y ahora, desde hace unos años, junto a Melva, empuja un movimiento de recuperación del patrimonio cultural de la provincia -aprovechando que este año se cumplen los 160 años de su creación- y la creación de Infoplazas, estos centros públicos de acceso a internet en poblaciones donde el servicio es nulo o muy limitado.

Va otra frase de antología, esta de Roger: “No puedo con el ajiotismo del conocimiento; ser usurero con el conocimiento es peor que ser usurero con la plata”. El ambiente en la casa de Roger y Melva es el de un campo de batalla. A la escenografía ayuda las obras de mejora que están realizando, pero es evidente que desde acá esta pareja diseña su estrategia de campo antes de salir en su pequeña furgoneta rayada con lemas federealistas y pro-infoplazas a recorrer pueblos y veredas buscando el inicio de una nueva era. “El tiempo es nuestro aliado. El viento siempre sopla a favor de los que estamos luchando”. El optimismo de Roger casi contagia a este pesimista de la palabra que soy yo.

Este post es solo un avance de lo ocurrido, porque han sido demasiadas cosas y las conexiones de internet llegan tarde y cuando el cansancio ya no me permite ser muy sintético.

En el camino, han pasado y se han incoporado a mi libreta y a mi vida líderes sociales y activistas ambientales como Yaritza Espinosa, Ezequiel Miranda o Javier Grajales; me ha sorprendido ver a un alcalde a pie de obra y defendiendo su pueblo y su entorno con uñas y dientes (Manuel Ruíz, de Boquete); me ha entristecido ver algunos de los grandes ríos que han dado fama a Chiriquí con un hilo de aga por culpa de las hidroeléctircas de AES y de CILSA -la empresa de Carlos Slim-; he visto como un movimiento cooperativo surgido de la experiencia de los asentamientos campsinos puede poner a producir la tierra y generar empleo y sueños de un futuro realmente diferente, o me he reído al ver las pancartas del Ministerio de Trabajo con el lema “Diálogo Social y Trabajo Decente” colgadas en el centro del decrépito Puerto Armuelles donde miles de hectáreas de banano se pierden por la incapacidad de pensar en un futuro postcolonial en los territorios de la Chiquita…

Para cerrar este pequeño terremoto, Yaritza me regalo un rato inolvidable con gentes transparentes y bellas en la impresionante playa de Santo Tomás. Si de sus historias me fío, las brujas existen. Si de la noche estrellada me aferro, es seguro que por ahí están

Prometo ir desgranando estas historias mañana y pasado.

De momento voy a tratar de dormir un rato ya que mañana me tiro a la frontera pero por el norte, en Río Sereno. Trataré de llegar a tiempo de contarles. ¡Qué hermosos sentirlos por ahí, en esta ruta tan suya ya como mía!

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El paraíso debe quedar en otra esquina

Es el paraíso. Quiero decir, si olvidamos los problemas sociales, le especulación campante y una larga lista de problemas que incluye la falta de presencia estatal, el mal manejo de los residuos o el alcoholismo…. entonces, es el paraíso. El viaje al sur de Veraguas discurre por una carretera en re-construcción (se habrán fijado que todas parecen estar ese tratamiento forzado de cirujía estética), inmensos potreros que antes fueron los territorios de la familia Martinelli (y que, ahora, en parte, aún lo son) y pequeñas comunidades atadas a la vía para ver pasar el ‘progreso’.

Voy acompañado en esta ocasión de José Om González, un caminador impresionante, un panameño más que comprometido con su país y, en esta ocasión, en misión para Almanaque Azul, una de las mejores iniciativas en la red para construir una gran base de datos sobre las costas y playas de Panamá desde una óptica sostenible y comunitaria. En Arrimadero el bullicio es tremendo. Esta playa, por el momento, es territorio de nacionales, gente humilde la mayoría que viaja en bus desde Santiago para disfrutar de esta esquina del paraíso junto al  Golfo de Montijo. Cientos de personas y basura repartida de forma caótica por los casi dos kilómetros que puede tener la playa.

Cuadramos transporte para el día siguiente hasta Bahía Honda y un lugar donde descansar en la noche del domingo. Por suerte, José tiene unos amigos en el extremo de la playa que nos prestan techo y hamacas en un lugar privilegiado. Una vez cuadrado todo nos vamos a la playa de Santa Catalina, santuario de surferos de todo el mundo y sede mundial del caos. Nada más pisar el lugar, la música distorsiona paisaje y oídos. Unos 30 o 40 locales y algunos ‘gringos’ salteados bailan como locos sobre un charco de cerveza… el voltaje es alto y huímos para charlar con El Rolo, uno de los pioneros en el turismo en la zona y un local con orgullo y raza que está organizando a su gente para resistir el embate de la especulación y del desorden. “Mi friend, solo le pido que nos ayude a decir que hay que organizar esta vaina, que no podemos seguir así, que ya no se puede con la basura, que las mejores tierras las están casi robando, que aquí ni el IPAT, ni la ANAM ni nadie pone orden…”. Es verdad, Catalina (la mayoría le secuestra el Santa) no es un lugar acogedor de llegada y los problemas se huelen (pero eso será material de crónica).

De camino hacia Arrimadero para colgar los huesos en el mejor invento de la humanidad (la hamaca), no podemos resistirnos y dejamos tirado el carro en la vía a la altura de Hicaco para acompañar hasta algo parecido a una plaza a la reina del Carnavalito y los vecinos que le acompañan a ritmo de ‘tamborito‘ y de su coro sin tiempo: “La vieja jorobá…”. Alto voltaje también, mucho alcohol y cierta emoción por los extraños fotógrafos no esperados.

La noche es “para salir a aullar”, en palabras de José Om. La luna llena esconde nuestras linternas y caminamos todo el trayecto de la playa hasta llegar a las hamacas, a -no voy a mentir- unos tragos, al goce de la vista y a una conversa que pasa de los trascendental (la realidad del país) a lo importante (el amor) sin mucho orden pero con toda la profesionalidad del caso.

El amanecer peleó con la madrugada. ¿Cuál más hermoso?, ¿cuál más imprescindible? Los pelícanos se daban el banquete a nuestro paso y faltando unos minutos para las siete de la mañana Gabriel, el lanchero, ya nos estaba esperando. Algo que hizo un rato más, mientras desayunamos pescado frito y tortillas en el rancho de Ramón.

La ruta: Bahía Honda… Creo que no es asunto para este blog. Demasiado complejo para resumir. Solo un adelanto. Una comunidad de 700 personas en una pequeña isla en medio de uns bahía hermosa. Son pescadores que no pueden pescar porque con la creación del Parque Nacional Coiba quedaron limitados; los proyectos de turismo de bajo impacto jamás han llegado; toda la costa que los circunda es de tres inversionistas extranjeros. Toda es toda (casi 60 kilómetros de playas y costa); no hay empleo; hay cinco cantinas; familias desestructuradas; violencia… En fin, un poema de mal gusto que contrasta con lo que ocurre en una isla privada situada a pocas millas. En la Isla de Canales, del multimillonario Jan Pigozzi, funciona el Liquid Jungle Lab, una estación de investigación oceanográfica. Además, está la mansión de Pigozzi a la que llega realeza y demás fauna de la farándula internacional. De hecho, cuando llegamos, podemos ver el yate Amazon Express lo que significa que el magnate está en la cima. Tampoco voy a seguir contando esta historia porque es larga, pero incluye construcción sin permisos, dños en algunas playas de la zona y un combo de científicos tan concentrados en el avance de la biología y de la ecología marina que, siento, sufren de miopía humana.

Eso sí, como me dice el director científico mientras nos pasea por las instalaciones, es lo más parecido a Jurasic Park que he visto en mi vida.

El día de contrastes termina con una hermosa charla con Celestino Atenzio, Tino, un histórico de los Asentamientos Campesinos, que llegaron a ser unos 250 en todo el país con el patrocinio de Torrijos en los años 70 y que se constituyeron en un modelo de explotación comunal de la tierra. Hoy quedan algo más de 100 en todo el país y acá, en Carrizal, está al que pertenece Tino: Carrizaleños Unidos. Aún hoy, unos 18 jefes de familia dirigen el asentamiento que cuenta con 700 hectáreas de terreno y 450 cabezas de ganado, además de plantaciones de diversas especies. Humilde, pero muy firme, Tino me deja con esa suave sensación de que cuando la gente se une el desastre se puede evitar.

Hoy completé los 1.100 kilómetros de ruta en carro a los que hay que sumarle las caminatas y las horas de lancha.

Dedicaré un día más a Veraguas antes de partir. La ruta va a depender del clima, pero les aviso.

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