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Los guardianes del paraíso
Posted by: paco.gomez in Comarca Ngöbe-Buglé on Febrero 22nd, 2009
Ya se retiró el sol. Lo hizo de forma lenta, casi ritual, buscando un hueco en esta orgía de imágenes. La península de Valiente nos habia recibido en la mañana con furia. Lluvia, olas fuertes y altas y algo de viento para pasar el canal que permite acceder a Kusapín entre barreras de coral e islotes salpicados por el azar de esta madre tierra tan caprichosa a veces.
Ya se retiró el sol y los ngöbe caminan por las aceras de cemento sacudiendo la chitra -de carnaval a esta hora- y agitando las linternas. El punto de reunión es en una pequeña cabañita de madera y ahí nos apeñuscamos unas 20 personas. Hombre, mujeres, algún niño que entra y sale, y dos cabras que parecen tan atentas como disciplinadas. Si todos los ngöbe, si todos los no ngöbe, tuvieran la claridad de este grupo… otro gallo cantaría. Diego Hankoc pone las cosas claras desde el principio: “América es de los ngöbe -forma genérica de referirse a los indígenas- y somos nosotros los que debemos decidir qué proyectos se hacen o no se hacen en nuestro terrritorio”. La temperatura va subiendo: “No tenemos que esperar que venga un español, con perdón de usted, para organizarnos o reunirnos”. “Cuando vinieron a conquistar estas tierras nos metieron en la cueva, pero ni con eso se conformaron. Ahora nos quieren sacar de la cueva porque se han dado cuenta que está llena de riquezas”. El doctor ngöbe Sebastián Jiménez se ha formado en Cuba y sus palabras están repletas de críticas al sistema capitalista y llenas de claridad. “Nos edudcan para seguir siendo pobres porque si nos educáramos de verdad y cultiváramos nuestra identidad no podrían robarnos ni utilizarnos como ahora”.
La reunión se torna reivindicativa y lo que iba a ser media hora de conversatorio se extiende hasta casi las 10 de la noche. Hay críticas para el Gobierno ["que nos dio una Comarca pero no la autonomía. Es como el apdre que da de comer al hijo pero es él el que decide cuándo y cómo"], para las ONGs que vienen y se van ["aprovechándose de nuestra pobreza para conseguir proyectos"], para los propios líderes ngöbe ["ellos se venden por unos balboas y nos venden a nosotros. Eso es lo malo de un medio social tan pobre, que muchos se dejan comprar fácil"], para los extranjeros ["siempre llegan con palabras bonitas y después nos quieren sacar algo"]… contra la comunidad misma ["no somos tan conservacionistas como decimos y cada día somos más individualistas. En la Comarca el terreno colectivo lo gestionamos como si fuera privado].
Siento que hicimos lo que los humanos cada vez practicamos menos: hablar con sinceridad, de frente, sin miedo a que duela o a hacer daño… en la oscuridad rota apenas por una débil linterna colgada del techo de penca, la palabra amanece.
Antes, con Jairo San, una larga caminata por el fango y la arena para conocer comunidades como Guayabo o Nidori. Paraísos naturales a pie de playa, lugares limpios poblados por gente amable que está tratando de organizar una oferta de turismo comunitario de bajo impacto.
Estas comunidades de la costa atlántica muestran mejor calidad de vida que las que he podido visitar en la parte interior de la Comarca Ngöbe-Buglé (en realidad Ngäbe-Buglé). Hay agua limpia, las casas, en general, están bien mantenidas, el mar y la tierra son generosos en alimentos y la aparente paz del lugar solo ha sido rota por las propuestas de megaproyectos como el de Damani Beach S.A., una empresa estadounidense que formó un convenio con el Congreso regional Ño Kribo para explotar la zona en exclusiva durante 45 años. Por suerte las comunidades se revelaron en contra de sus propias autoridades y se frenó esta locura, pero la división quedó sembrada. “Ya no hay la misma confianza entre nosotros”, me dice Jairo, uno de los que se opuso a la prometida inversión en turismo.
Los indígenas de Kusapín son los guardianes de un paraíso conocido por muy pocos panameños o extranjeros. Y han visto lo ocurrido en el archipiélago de Bocas del Toro (a solo dos horas en lancha de acá), donde muchos de ellos han trabajado. “Si nos nos plantamos duro… nos pasará lo mismo”.
Ni siquiera al salir de la zona siento que las personas me miran sin recelos. Cualquier extraño es una amenaza para estas comunidades y, aunque, a mi me trataron en general con cariño gracias a la presentación de Jairo, comprendo que se defiendan de “los blancos”.
Para concluir esta primera fase del viaje solo me falta visitar Soloy, en la parte sur de la Comarca. Así que salgo de Chiriquí Grande y manejo sobre mis pasos para comenzar el camino que me llevará de regreso a Ciudad de Panamá a mitad de semana. A estas alturas (3.100 kilómetros en carro, unas 14 horas en botes y otras tantas caminando), un dedo averiado y la espalda tocando su propia música empiezan a reclamar una pausa.
La luz del Llano ilumina la ruta
Posted by: paco.gomez in Comarca Ngöbe-Buglé on Febrero 5th, 2009
El primer día de viaje ha sido aleccionador. En la edad, en la experiencia, está la sabiduría. En el camino a Santiago, capital de la provincia de Veraguas, paré en Penonomé, la capital de Coclé. Allá tenía el propósito de encontrarme con un gran amigo panameño que conocí hace años en Darién y que en sus coquetos setenta y tantos años de vida ha luchado y caminado por este país en busca de los cambios sociales que aún no llegan. Heriberto Torres, espigado, siempre elegante, lento en el caminar y en el hablar y fuerte en ambas tareas, no viste bañador y chancletas esta vez: en estas tierras la cosa es más ‘urbanizada’.
Me habla de tiempos del General Torrijos, recuerda el Penonomé de hace 25 años, hace su particular análisis de dónde están ahora estas ciudades: “en la locura”. Sin embargo, sigue pensando que a punta de educación se cambian realidades, sigue apostándole a una sociedad más justa como si fuera un universitario que recién ha descubierto una vocación.
La pausa para el almuerzo, pasada la localidad de Aguadulce tuvo su punto de surrealista. Un comedero con 40 mesas y solo tres ocupadas; 14 clientes de los que 9 bebían cerveza como piratas cuando no eran ni las 2 de la tarde y cinco que comíamos; de todos los presentes, cinco personas con cojera y ninguna en la misma mesa, y al final, trabajo solidario para recoger las sillas que tumbó el terrible viento que soplaba del norte. Al menos, el pollo y la yuca estaban perfectos (¡Viva el trans fat!).
Después, recorridos los primeros 260 kilómetros de esta ruta, y gracias a Nei Castillo, uno de los colaboradores de La Prensa en Veraguas, tengo el primer round de dos con Carlos Francisco Changmarín, uno de los más importantes artistas e intelectuales vivos de Panamá, histórico luchador social, uno de los líderes del movimiento campesino en Soná (contra la familia terrateniente del actual candidato a la presidencia del país, Ricardo Martinelli) y aun activo de cuerpo y alma.
Conversamos una hora a la espera de nuestra cita con tiempo el lunes. Casi me tengo que arrancar del sillón. Testigo y actor de la Historia de Panamá, Changmarín es una caja de Pandora.
Sólo una pincelada. Hablábamos de cómo, gracias a la influencia de la famosa Escuela Normal de Santiago, esta provincia, sede del conservadurismo más rancio durante décadas, se convirtió en un laboratorio social de cambio. Me hablaba de la influencia de los docentes chilenos y españoles que se trajo el entonces presidente de la República Juan Demóstenes Arosemena. Pero lo que me pareció hermoso fue que justo en las seis hectáreas donde se levantan los imponentes edificios de la Normal, construidos en piedra, se libró la Batalla del Llano, una de las cientos de las que gustaba Colombia cuando Panamá todavía le pertenecía. En Santiago, existió durante décadas el mito de la La Luz del Llano, el supuesto fuego fatuo que desprendían los huesos de los muertos en el enfrentamiento.
Por eso, cuando se inauguró la Normal, el 5 de junio de 1938, el periodista Nachito Valdés escribió que ahora sería esta escuela la nueva Luz del Llano, dispuesta a iluminar con conocimiento a todo el país.
Todavía queda día y ruta, pero este primer post en el camino es para abrir el apetito. Anochece y hay demasiado que vivir lejos de este teclado. ¡Salud!





















