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Antaño es hoy

La cantalante doña Celmira Montenegro y el músico don Polidor Gutiérrez estarían orgullosos hoy de estar vivos. Sus tres hijos, Rodrigo, Ramiro y Manuel del Carmen han logrado celebrar la XXII edición del Festival de Antaño de Dos Ríos, en Dolega (Chiriquí): una apuesta al pasado para que el presente no esté sembrado de desarraigo.
Unas 300 personas de la comunidad más unas decenas de visitantes de la provincia han (hemos) gozado de un menú en el que no han faltado las comidas y bebidas típicas, la remembranza de los oficios, los bailes y el toque ni si quiera los juegos.
Desde aserrar como hace 100 años con la sierra original de don Polidor, pasando por pilar arroz hasta moler la caña de azúcar en el Rabo de Yegua… El Festival de Antaño es todo un lujo hoy, cuando solo los grandes eventos o las estrellas fulgurantes parecen tener importancia. Alguien me decía en estos días que es ahora, en estos tiempos de globalización donde es más necesario saber de dónde se es y este festival parece una receta necesaria para la enfermedad del olvido.
“De tierra lejana vengo
y vengo de buena gana
para encontrarme contigo
y que me entregues la capitana”
El cuarteto recitado por Rodrigo Gutiérrez, el mayor de esta familia de músicos, sirve para recibir la capitana, la madre de todas las albóndigas, por parte de la Junta de Cortar Arroz… los ritos ancestrales se repiten entre salomas que erizan la piel por el sentido de hermanamiento en voz, por la fuerza de la historia.
Hasta aquí también han llegado Roger Patiño, Melva Miranda, Milagros Sánchez y un grupo de caminantes que hoy han hecho a pie el recorrido entre Rovira y Dos Ríos -unas cuatro horas- como parte de la celebración del 160 aniversario de la creación de la provincia de Chiriquí (que se conmemora el 29 de mayo). Para mi, el 15 de febrero será también una fecha de aniversario porque estos ya amigos me sorprenden entregándome la cédula que me acredita como ciudadano del estado Federal de Chiriquí. Confieso la sorpresa y la emoción… la sinceridad del gesto y el afecto que me han mostrado estas gentes me hace más parte de esta tierra noble amenazada por demasiadas sombras ajenas.
Javier Grajales, un líder comunitario de San Andrés con el que había estado dos días antes y que también se ha pasado por el festival, me deja pensando… después de hacerme un par de preguntas sobre términos muy panameños, muy campesinos, él no puede entender que yo no los conociera si llevo cuatro años y medio en este país. Yo tampoco. Me golpea y me reta: ¿qué país creía conocer? Sigo en la ruta, sigo aprendiendo.

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Noche suburbana

Los rincones de una ciudad son los pliegues en los que se refugian los seres anónimos que casi nunca conocemos al viajar. Cerca de David, a unos 10 kilómetros en dirección a Dolega está Waterfall. Seamos claros: la Cascada, que era como se llamaba este balneario al pie de la calle antes de que dos chicos gringos, simpáticos y mochileros, compraran el lugar y cambiaran rancho de penca por murales del nuevo siglo. Aquí he encontrado litera para descansar mis huesos estos días, buen ambiente (aunque demasiado ‘english’ para mi y alguna sorpresa. Como anoche. Al llegar vi en el bar mucha más gente de lo esperado. Tocaban los suburbanos, un grupo de rock de David que arrastró a su fanaticada y que tocaron en este espacio de fogata y mota en las perfierias ante un público revuelto de chiricanos, gringos, canadienses y salpicón de nacionalidades a razón de dólar la cerveza.

Hay movimiento en el interior, más del que se sospecha en ciudad de Panamá. Más incluso del que yo he detectado en la propia ciudad capital. Escribo ahora desde la carretera que se dirige a Volcán. Me dirijo a la frontera con Costa Rica, al norte, en Río Sereno. Espero poder contarles esta noche. Mientras tanto, les presento a los Suburbanos.

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Violín para estos años

Estos años que arrastro los cumplí ayer en plena ruta. Los santiagueños consiguieron que me sintiera acompañado y querido y que lo que empezó como “un par de pintas” terminara en un largo recorrido por sonidos y gentes.

El mejor regalo, además de la compañía, fue el inesperado encuentro con el violín y la humildad de José Augusto Boce, uno de los mejores violinistas de la música típica del país. En la destartalada Tarima del Desahogo, Paganini se reencarnó en este veraguense de gesto adusto y camisa planchada que no solo tocó hasta donde la memoria me alcanza, sino que nos dio algunas clases sobre la Mejorana (una de las músicas más características de Panamá y que pone melodía a las décimas populares) y los torrentes (los diferentes tonos en los que se toca pero que tienen denominaciones populares para sustituir cosas tan acartonadas como el do, re o el mi).

La noche, llena de sorpresas: un minicarnavalito en la plazoleta junto a la iglesia de Santiago, un encuentro con rockeros tiernos y radicales, el susto de pensar que la cámara de fotos había desaparecido…

En la mañana, de vuelta a la carretera a recuperar la cámara (objetivo cumplido) y encuentro con líderes campesinos de diferentes zonas del país.

En fin, este post era solo para celebrar con ustedes mi particular celebración de cumpleaños y para decirles que mientras haya una conexión a internet, seguiré llevándolos en el asiento del copiloto (cuando no la hay los llevo en el alma…).

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