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Desplazamiento “educativo”

Soloy es un lugar especial dentro de la Comarca Ngäbe-Buglé. Quizá porque es uno de los centros de la religión Mamatata, tan influyente entre estos indígenas. O porque allí se ha generado un foco de resistencia a los megaproyectos en el Cerro Chorcha, o porque es uno de los puntos desde donde sale la diáspora ngäbe hacia Costa Rica en busca de trabajo…

Pasan cosas tan sorprendentes como el desplazamiento “educativo” que pude ver junto a la escuela pública. Con su instalación se generó un deseo de formación que arrastró a centenares de familias que vivían dispersas en las montañas a instalar unas precarias cabañas en el terreno contiguo a la escuela para que los hijos e hijas pudieran asistir. Es ahora el Barrio 2000, de donde han tratado de desalojarlos como si fueran precaristas en lugar de entender el hambre de formación que tienen, aunque la educación pública no esté diseñada para birndar oportunidades, sino “para mantenernos pobres y que trabajemos de jornaleros”.

Raúl me cuenta el enfado con los líderes ‘oficiales’, de cómo estos se han vendido al Gobierno y a las empresas y de cómo esto ha provocado que la población se organice de forma paralela alrededor del Movimiento Popular Mixto 8 de Mayo, en conmemoración de los sucesos de esa fecha en 2007, cuando indígenas y no indígenas cortaron la carretera interamericana en protesta por los proyectos impuestos y la respuesta oficial fue con antimotines y detenciones. Mientras el resto del país está en Carnaval, bebiendo y bailando sin más sentido que el de perder la consciencia (conciencia ya hay poca), acá en Soloy el ritmo es otro. Un incesante hormigueo de mujeres, hombres y niños cose los caminos de tierra y polvo. No se espantan ni cierran los ojos ante la nube de tierra que levantan los transportes públicos que empiezan a traer de vuelta en estos días a los recolectores de café que emigran a Costa Rica en busca de mejor pago y trato que el que se recibe en Panamá. Cómo las hormigas, con la plata recogida durante los cuatro meses de cosecha pasan el resto del año acá, haciendo crecer este caserío que hace 20 años apenas era un conjunto de tres casitas de madera y hoy tiene vida intensa pero sin la intensidad de una urbe. El tiempo pasa a otro ritmo. Un ritmo del que me he contagiado en los últimos días, en las últimas semanas.

Decido, al salir de Soloy, adelantar mi regreso a Ciudad de Panamá un día para evitar los trancones de la operación retorno de hoy martes. Conforme me acerco, siento un nervio extraño, una agitación que no corresponde al estado de ánimo que paseaba con orgullo. El regreso a la ciudad, aunque desolada por las ausencias del Carnaval, me recuerda el modelo de vida insostenible en el que hemos crecido los urbanitas. Los gestos me parecen más violentos, le movimiento innecesario, la acumulación: una extraña forma de perder la esencia.

Después de 20 días pongo fin a la primera fase de este proyecto. 3,704 kilómetros en carro y los otros recorridos medidos en pisadas y en millas naúticas… Llevo a penas un tercio de Panamá en Ruta y, aunque el descanso se va a agradecer, ya echo de menos las gentes y las imágenes que me han impregnado y enseñado tanto en el camino. Mi agradecimiento es profundo, mi mirada, ya es otra. Ahora toca escribir y poner orden a las sensaciones. Espero lograrlo y que ustedes lo lean cuando hayan nacido las crónicas de Veraguas, Chiriquí, Bocas del Toro y la Comarca Ngäbe-Buglé.

Gracias por haber estado por acá. El camino reinicia en abril.

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Los guardianes del paraíso

Ya se retiró el sol. Lo hizo de forma lenta, casi ritual, buscando un hueco en esta orgía de imágenes. La península de Valiente nos habia recibido en la mañana con furia. Lluvia, olas fuertes y altas y algo de viento para pasar el canal que permite acceder a Kusapín entre barreras de coral e islotes salpicados por el azar de esta madre tierra tan caprichosa a veces.

Ya se retiró el sol y los ngöbe caminan por las aceras de cemento sacudiendo la chitra -de carnaval a esta hora- y agitando las linternas. El punto de reunión es en una pequeña cabañita de madera y ahí nos apeñuscamos unas 20 personas. Hombre, mujeres, algún niño que entra y sale, y dos cabras que parecen tan atentas como disciplinadas. Si todos los ngöbe, si todos los no ngöbe, tuvieran la claridad de este grupo… otro gallo cantaría. Diego Hankoc pone las cosas claras desde el principio: “América es de los ngöbe -forma genérica de referirse a los indígenas- y somos nosotros los que debemos decidir qué proyectos se hacen o no se hacen en nuestro terrritorio”. La temperatura va subiendo: “No tenemos que esperar que venga un español, con perdón de usted, para organizarnos o reunirnos”.  “Cuando vinieron a conquistar estas tierras nos metieron en la cueva, pero ni con eso se conformaron. Ahora nos quieren sacar de la cueva porque se han dado cuenta que está llena de riquezas”. El doctor ngöbe Sebastián Jiménez se ha formado en Cuba y sus palabras están repletas de críticas al sistema capitalista y llenas de claridad. “Nos edudcan para seguir siendo pobres porque si nos educáramos de verdad y cultiváramos nuestra identidad no podrían robarnos ni utilizarnos como ahora”.

La reunión se torna reivindicativa y lo que iba a ser media hora de conversatorio se extiende hasta casi las 10 de la noche. Hay críticas para el Gobierno ["que nos dio una Comarca pero no la autonomía. Es como el apdre que da de comer al hijo pero es él el que decide cuándo y cómo"], para las ONGs que vienen y se van ["aprovechándose de nuestra pobreza para conseguir proyectos"], para los propios líderes ngöbe ["ellos se venden por unos balboas y nos venden a nosotros. Eso es lo malo de un medio social tan pobre, que muchos se dejan comprar fácil"], para los extranjeros ["siempre llegan con palabras bonitas y después nos quieren sacar algo"]… contra la comunidad misma ["no somos tan conservacionistas como decimos y cada día somos más individualistas. En la Comarca el terreno colectivo lo gestionamos como si fuera privado].

Siento que hicimos lo que los humanos cada vez practicamos menos: hablar con sinceridad, de frente, sin miedo a que duela o a hacer daño… en la oscuridad rota apenas por una débil linterna colgada del techo de penca, la palabra amanece.

Antes, con Jairo San, una larga caminata por el fango y la arena para conocer comunidades como Guayabo o Nidori. Paraísos naturales a pie de playa, lugares limpios poblados por gente amable que está tratando de organizar una oferta de turismo comunitario de bajo impacto.

Estas comunidades de la costa atlántica muestran mejor calidad de vida que las que he podido visitar en la parte interior de la Comarca Ngöbe-Buglé (en realidad Ngäbe-Buglé). Hay agua limpia, las casas, en general, están bien mantenidas, el mar y la tierra son generosos en alimentos y la aparente paz del lugar solo ha sido rota por las propuestas de megaproyectos como el de Damani Beach S.A., una empresa estadounidense que formó un convenio con el Congreso regional Ño Kribo para explotar la zona en exclusiva durante 45 años. Por suerte las comunidades se revelaron en contra de sus propias autoridades y se frenó esta locura, pero la división quedó sembrada. “Ya no hay la misma confianza entre nosotros”, me dice Jairo, uno de los que se opuso a la prometida inversión en turismo.

Los indígenas de Kusapín son los guardianes de un paraíso conocido por muy pocos panameños o extranjeros. Y han visto lo ocurrido en el archipiélago de Bocas del Toro (a solo dos horas en lancha de acá), donde muchos de ellos han trabajado. “Si nos nos plantamos duro… nos pasará lo mismo”.

Ni siquiera al salir de la zona siento que las personas me miran sin recelos. Cualquier extraño es una amenaza para estas comunidades y, aunque, a mi me trataron en general con cariño gracias a la presentación de Jairo, comprendo que se defiendan de “los blancos”.

Para concluir esta primera fase del viaje solo me falta visitar Soloy, en la parte sur de la Comarca. Así que salgo de Chiriquí Grande y manejo sobre mis pasos para comenzar el camino que me llevará de regreso a Ciudad de Panamá a mitad de semana. A estas alturas (3.100 kilómetros en carro, unas 14 horas en botes y otras tantas caminando), un dedo averiado y la espalda tocando su propia música empiezan a reclamar una pausa.

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El Charco (la Pava) que molesta a Goliat


Cuando una empresa invierte algo más de 500 millones de dólares, cuando un Estado da una concesión para hacer un complejo de represas y no tiene en cuenta que en ese territorio hay humanos viviendo, cuando unas 70 familias están en medio del lugar donde en dos años habrá un embalse… David tiene pocas posibilidades de triunfar contra Goliat.
La comunidad de Charco La Pava lleva cuatro años luchando contra AES Panamá para lograr que se respeten los pocos derechos que creían tener. Cargas policiales, presión para firmar convenios de reubicación, chantajes, pagos a periodistas y división de la comunidad… la lista es larga. Tuve la suerte de llegar hoy ahí, cuando la empresa había citado una reunión con la comunidad a la que asistieron más funcionarios públicos de la ciudad que habitantes del caserío. Digo que tuve la suerte porque pude escuchar el discurso de “responsabilidad social” que choca con la realidad social.
Para llegar a Charco La Pava hay que transitar por una carretera pública donde el control de acceso es privado. Un vigilante pide cédula y pregunta el destino y la tarea. 20 metros más allá, policías nacionales pagados por la empresa refuerzan el mensaje. Mi compañero de viaje está seguro de que estamos pasando sin problemas por mi pinta d gringo y por el carro de clase.
Cruzar el río Changuinola para subir a la comunidad se hace en un bote financiado por la compañía. Unas 30 personas de la comunidad andan con casco y chaleco, contratadas por AES por algo más de un dólar la hora. Incluída Pantaleona, que en rudimentrio español se ríe de su posición de “seguridad vial”.
Antes de hablar conmigo, algunos líderes y lideresas de la comunidad me hacen un largo interrogatorio. Ya no confían en nadie. “Estamos solos, nadie nos apoya en Panamá, el Gobierno como que trabaja para la empresa y acá nos han mandado muchos periodistas para después utilizar las imágenes a favor de AES”. Rafael y Amelia al final se abren y compartimos charla e inquietudes.
Mi sensación es que Goliat aplastará a David y es palpable que la comunidad se divide ante esa posibilidad y ante la tentación del dinero.
Es un tema muy complicado en el que hay desigualdad en todos los sentidos. Indígenas ngöbe -que en muchos casos no hablan español- negociando con abogados de ciudad llenos de trucos, el poder del dinero contra el argumento de la dignidad, un gobierno que debería defender los intereses de sus ciudadanos volcado en ayudar a la empresa…
En las fotos pueden ver los “campamentos” de la empresa para sus trabajadores de cierto nivel y la comunidad sin luz eléctrica ni agua potable. También podrán observar el “super” camino de piedra que están construyendo en Charco. “Yo creo que es para no mancharse ellos de barro, porque nosotros caminamos por la tierra”, me dice un vecino.
Cuando las cosas empiezan mal, terminan mal… supongo. Aunque una buena parte de las gentes de Charco están dispuestas a dar la pelea, es más: no han dejado de hacerlo. Ernesto López lo ratifica: “iremos hasta la última, a dejar el pellejo en esta lucha”.

En la tarde, la otra cara de la moneda, la positiva. En esta provincia llena de problemas sociales y económicos, pude conocer a Orlando Lozada y su padre Antonio. Tiene una finca de 40 hectáreas modelo en Centroamérica: agricultura sostenible y orgánica, cuidado de las cuencas hidrográficas, bosque primario conservado y producción de cacao, banano y maderables rentable… “Queremos demostrar que se puede hacer agricultura conservando el medioambiente…. no podemos olvidar que en el bosque está nuestro pasado”.
La finca La Magnita no compra casi nada afuera y cierra el círculo de la naturaleza de manera fluida. “La tierra es generosa y la agricultura fácil, lo que pasa es que no observamos suficiente y no respetamos su lógica”. La lógica de Orlando, como la de la naturaleza, es aplastante.
Mañana salgo para el río Teribe, a territorio Naso. Buenas noches caminantes.

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De El Piro 2 al río Cobre

Se llama Cerro Banco. Un alto en la comarca Ngöbe-Buglé, en la región Kodrí, donde las energías campean a su gusto. Allá, alguna vez, durante la colonia, quedaron sepultados 15 españoles al desgajarse el Cerro. “En la noche se siente su angustia y las fuerzas de quiénes no les dejan ir: los indígenas”. La historia me la cuenta Isidro Acosta, profesor de Política en la Universidad de Panamá y Ngöbe originario de El Piro 1. En Cerro Barco “se siente la soledad absoluta”, sentencia

en El Piro 2, donde se celebra el congreso regional Kodrí.

He llegado en compañía de Olmedo Carrasquilla, activista ambiental de CIAM (Centro de Incidencia Ambiental de Panamá) y conocedor de estas gentes y estos caminos.

No nos hemos aburrido en el viaje por caminos de tierra y supuestas carreteras asfaltadas cuya mínima capa de alquitrán no aguantó ni dos años antes de provocar los actuales cráteres. Recogimos a cuatro jóvenes ngöbe dicharacheros sin freno y armados de cachos (cuernos de vaca) como instrumentos.

Aquí se han concentrado unos 700 congresistas, hombres y mujeres que han caminado horas desde sus comunidades para responder al llamado de unidad. El tema es complejo y no para un blog: disputas de poder político, peleas por la plata con la que el gobierno suele comprar a los líderes, influencia de la extraña religión matriarcal nacida hace unos 40 años y que manda en la Comarca (Mamatata)…

Será para otro tipo de texto. Acá, la experiencia, la generosidad de estos indígenas y la buena conversa una vez que se supera la timidez y la desconfianza inicial. En algunos casos, es casi imposible superar la barrera, como con Bernardo, el Comisionado indígena de Derechos Humanos que murmulla sus pocas palabras mientras sostiene en su mano derecha el libro “Jefazo”, la historia de Evo Morales publicada por Debate.

La pobreza y las carencias son evidentes y como explica Genaro Salinas, el presidente saliente del congreso regional: “cuando viene el presidente (de la República) todos los proyectos se hacen… pero de palabra”. En realidad, estamos en medio de la nada, sin energía eléctrica, con una carretera de penetración precaria, con un colegio al que los maestros no indígenas tratan de venir lo mínimo posible y con un programa del Gobierno (Red de Oportunidades) que reparte plata sin mucho sentido, incluso para quiénes la reciben.

En fin, el congreso elige de forma tradicional a su nuevo presidente, Buenaventura Carpintero y nosotros seguimos camino antes de que nos agarre la noche. Buscamos nuestra siguiente parada: el campamento permanente de los campesinos que están luchando contra la represa en el Río Cobre. Nos recibe don Genaro Duarte, campesino espigado y digno que en minutos prepara café del Cerro Caballo, saca una gallina recién cocinada, arroz con guandú y buena charla. Esta será una de las historias que alimentará las crónicas de Panamá en Ruta. Sin duda.

Mañana tendré la oportunidad de estar con un nutrido grupo de líderes campesinos de Veraguas y de otras provincias de Panamá. En la tarde, rumbo a Santa Fé, uno de los lugares que quiero conocer desde hace años. pero no voy a adelantarme a la ruta. Amanecerá y contaremos.

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