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El fétido aroma del ‘desarrollo’


Acabo de hablar con el alcalde de Bocas del Toro, Eligio Bins, y está tan frustrado (”en buen panameño, cabreado”) con la situación de este distrito, de sus gentes que, paradójicamente, comparte palabras y rabia con activistas sociales como Feliciano Santos, un ngöbe que le ha plantado cara a los inversores y a las autoridades en defensa del territorio indigena en las islas.
Bocas tiene dos caras. Seguro que más. Ya han sido contadas aunque no se ha divulgado lo suficiente. Anoche leía un informe que hizo Mir Rodríguez (Almanaque Azul) en 2007 y que nunca fue publicado. Es una radiografía clara y documentada de lo que está aconteciendo en el archipiélago.
Yo he tenido hoy mi dosis de realidad. Primero, en el barrio precarista de La Solución. Cientos de casas en un equilibrio imposible rodean la planta de tratamiento de aguas negras de la ciudad. El olor es intenso y difícil de soportar. La barriada está sobre un manglar y sus habitantes transitan por caminos de tablones elevados un metro y medio sobre la lama que se mezcla con basura y aguas de dudosa procedencia.
Acá viven los excluidos del paraiso. Los problemas de empleo, o la venta de las tierras por precios bajos y sin pensar en futuro, empujan a muchos bocatoreños a vivir en una situación de precariedad de la que, según me confiesa el alcalde, no van a salir.
No es muy diferente el ‘clima’ que se respira en El Higuerón, en la temida zona de Saigón. Pobreza, una especie de silencio poco ritual solo roto por los ladridos de perros que sostienen una piel transparente sobre esos huesos puntiagudos… A pocos metros, hoteles, casas de extranjeros con aire acondicionado y carro 4 x 4 en la puerta. ¿Jamás mirarán hacia atrás?
El futuro de esta zona es poco alagüeño. El prometido Plan de Ordenamiento Territorial no está listo (y Bins piensa que es intencional el atraso), la politiquería es parte de la sangre que corrompe este cuerpo (como confirma Alfredo López, del programa de Desarrollo Sostenible), y el abuso en asunto de tierras y de cultura parece no tener límite (como compruebo de la mano de Feliciano Santos).
El alcalde ha perdido prestigio entre los ciudadanos. Para muchos entró peleando bien y va a salir rendido ante los inversionistas. Según él, las autoridades de Panamá capital aprueban proyectos negativos para el distrito y él poco puede hacer. Bins considera que uno de los seres que menos ha hecho por el desarrollo del país es Rubén Baldes, el ministro de Turismo. Su lista sigue y es larga…
Sé que les puede sonar a lluvia sobre mojado (quizá me ha influido la lluvia que me ha mojado durante buena parte del día). Se me puede tildar de pesimista, incluso de poco patriota por señalar la oscuridad en lugar de la luz… pero les confieso que no puedo entender esta brecha tan profunda, esta injusticia sostenida, este no querer ver y menos actuar.
No se cómo se pede vivir en estas condiciones, ni cómo estas gentes son tan pacíficas…. Imagino que hoy se olvidará todo. Ya está la música del Carnaval sonando y las pintas tienen ese magnífico poder amnésico (también anestesiante).
Amanecerá… amanecerá y seguro que vuelvo a ver en el sol algún rayo de esperanza.

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Mirar a los lados

No hay que ser observador profundo para que el “encanto” de Bocas reviente en bolsas de basura tiradas en cada esquina. Acabo de llegar a Isla Colón, lo que para los turistas es Bocas del Toro. Yates y veleros alternan con turistas de espalda roja, decenas de hotelitos y tiendas para ellos, todo volcado en este próspero negocio. La isla ‘turística’ se reduce a un par de calles y hay que viajar a otras islas del archipiélago donde se reproduce el fenómeno: lindos hoteles propiedad, en la mayoría de los casos de extranjeros, proyectos residenciales de lujo y muchos loclaes dando servicio. [Mañana iré al barrio La Solución (los nombres de barrios y comunidades dan para un libro, por cierto). Allá la historia es diferente. Una buena parte de bocatoreños que vendieron sus tierras en el boom ahora viven junto al tubo de las aguas negras...]
A Isla Colón se llega por aire o desde Almirante a razón de 4 dólares el boleto en la lancha. Si Changuinola tiene un problema gravísimo de basuras, en Almirante es monumental. Las montañas de basura se acumulan por las esquinas y por la tranquilidad de los locales se nota que es habitual.
Los tres municipios de Bocas del Toro (Changuinola, Bocas y Chiriquí Grande) tienen el mismo problema y no hay solución porque la política se interpone. Ya se compró un terreno de 30 hectáreas para tener un vertedero mancomunado, pero el Concejo de Changuinola tiene parado el proyecto.
A estas alturas del siglo y del supuesto desarrollo (el presidente Martín Torrijos dice que estamos a las puertas del primer mundo, el Índice de Desarrollo Humano asegura que ya estamos y la sacrosanta economía creció al 9% según repiten unos y otros), los 88 mil habitantes de Changuinola no tienen un sistema de aguas negras (alcantarillado básico), la potabilizadora tiene problemas y el déficit de vivienda es abrumador.
La provincia de Bocas del Toro es una inmensa isla conectada de un frágil hilo de asfalto con el resto del país, donde un pequeño grupo de poder controla los recursos y donde la lógica de la república dentro de la república (lo que ha hecho Bocas Fruit Company por 110 años) parace reproducirse ahora con proyectos turísticos e hidroeléctricos.
Como todos los días… mi ración de optimismo llegó tan puntual como los hojaldres con los que arranco cada mañana: en Tibite, a medio camino entre Changuinola y Almirante, participo de una reunión de líderes ngöbe de decenas de comunidades. Están preparándose para el acoso a sus territorios y a su forma de vida. Si hay una señal luminosa en Panamá la estoy encontrando en las pequeñas comunidades resistentes. Sin duda.

*[Parántesis para los citadinos de Panamá: anoche vi los informativos televisivos nacionales desde esta parte de la República... es comprensible la incomprensión de la capital hacia el resto del país cuando el 90% de las noticias se refieren a ella. La ignorancia es el inicio de la discriminación. Desde acá es muy parecido. Para la gente del campo y de los ríos, ciudad de Panamá es lo más parecido a Bagdad... ¿tendrá algo que ver esta moda de que solo nos cuentan sucesos violentos?]

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El paraíso debe quedar en otra esquina

Es el paraíso. Quiero decir, si olvidamos los problemas sociales, le especulación campante y una larga lista de problemas que incluye la falta de presencia estatal, el mal manejo de los residuos o el alcoholismo…. entonces, es el paraíso. El viaje al sur de Veraguas discurre por una carretera en re-construcción (se habrán fijado que todas parecen estar ese tratamiento forzado de cirujía estética), inmensos potreros que antes fueron los territorios de la familia Martinelli (y que, ahora, en parte, aún lo son) y pequeñas comunidades atadas a la vía para ver pasar el ‘progreso’.

Voy acompañado en esta ocasión de José Om González, un caminador impresionante, un panameño más que comprometido con su país y, en esta ocasión, en misión para Almanaque Azul, una de las mejores iniciativas en la red para construir una gran base de datos sobre las costas y playas de Panamá desde una óptica sostenible y comunitaria. En Arrimadero el bullicio es tremendo. Esta playa, por el momento, es territorio de nacionales, gente humilde la mayoría que viaja en bus desde Santiago para disfrutar de esta esquina del paraíso junto al  Golfo de Montijo. Cientos de personas y basura repartida de forma caótica por los casi dos kilómetros que puede tener la playa.

Cuadramos transporte para el día siguiente hasta Bahía Honda y un lugar donde descansar en la noche del domingo. Por suerte, José tiene unos amigos en el extremo de la playa que nos prestan techo y hamacas en un lugar privilegiado. Una vez cuadrado todo nos vamos a la playa de Santa Catalina, santuario de surferos de todo el mundo y sede mundial del caos. Nada más pisar el lugar, la música distorsiona paisaje y oídos. Unos 30 o 40 locales y algunos ‘gringos’ salteados bailan como locos sobre un charco de cerveza… el voltaje es alto y huímos para charlar con El Rolo, uno de los pioneros en el turismo en la zona y un local con orgullo y raza que está organizando a su gente para resistir el embate de la especulación y del desorden. “Mi friend, solo le pido que nos ayude a decir que hay que organizar esta vaina, que no podemos seguir así, que ya no se puede con la basura, que las mejores tierras las están casi robando, que aquí ni el IPAT, ni la ANAM ni nadie pone orden…”. Es verdad, Catalina (la mayoría le secuestra el Santa) no es un lugar acogedor de llegada y los problemas se huelen (pero eso será material de crónica).

De camino hacia Arrimadero para colgar los huesos en el mejor invento de la humanidad (la hamaca), no podemos resistirnos y dejamos tirado el carro en la vía a la altura de Hicaco para acompañar hasta algo parecido a una plaza a la reina del Carnavalito y los vecinos que le acompañan a ritmo de ‘tamborito‘ y de su coro sin tiempo: “La vieja jorobá…”. Alto voltaje también, mucho alcohol y cierta emoción por los extraños fotógrafos no esperados.

La noche es “para salir a aullar”, en palabras de José Om. La luna llena esconde nuestras linternas y caminamos todo el trayecto de la playa hasta llegar a las hamacas, a -no voy a mentir- unos tragos, al goce de la vista y a una conversa que pasa de los trascendental (la realidad del país) a lo importante (el amor) sin mucho orden pero con toda la profesionalidad del caso.

El amanecer peleó con la madrugada. ¿Cuál más hermoso?, ¿cuál más imprescindible? Los pelícanos se daban el banquete a nuestro paso y faltando unos minutos para las siete de la mañana Gabriel, el lanchero, ya nos estaba esperando. Algo que hizo un rato más, mientras desayunamos pescado frito y tortillas en el rancho de Ramón.

La ruta: Bahía Honda… Creo que no es asunto para este blog. Demasiado complejo para resumir. Solo un adelanto. Una comunidad de 700 personas en una pequeña isla en medio de uns bahía hermosa. Son pescadores que no pueden pescar porque con la creación del Parque Nacional Coiba quedaron limitados; los proyectos de turismo de bajo impacto jamás han llegado; toda la costa que los circunda es de tres inversionistas extranjeros. Toda es toda (casi 60 kilómetros de playas y costa); no hay empleo; hay cinco cantinas; familias desestructuradas; violencia… En fin, un poema de mal gusto que contrasta con lo que ocurre en una isla privada situada a pocas millas. En la Isla de Canales, del multimillonario Jan Pigozzi, funciona el Liquid Jungle Lab, una estación de investigación oceanográfica. Además, está la mansión de Pigozzi a la que llega realeza y demás fauna de la farándula internacional. De hecho, cuando llegamos, podemos ver el yate Amazon Express lo que significa que el magnate está en la cima. Tampoco voy a seguir contando esta historia porque es larga, pero incluye construcción sin permisos, dños en algunas playas de la zona y un combo de científicos tan concentrados en el avance de la biología y de la ecología marina que, siento, sufren de miopía humana.

Eso sí, como me dice el director científico mientras nos pasea por las instalaciones, es lo más parecido a Jurasic Park que he visto en mi vida.

El día de contrastes termina con una hermosa charla con Celestino Atenzio, Tino, un histórico de los Asentamientos Campesinos, que llegaron a ser unos 250 en todo el país con el patrocinio de Torrijos en los años 70 y que se constituyeron en un modelo de explotación comunal de la tierra. Hoy quedan algo más de 100 en todo el país y acá, en Carrizal, está al que pertenece Tino: Carrizaleños Unidos. Aún hoy, unos 18 jefes de familia dirigen el asentamiento que cuenta con 700 hectáreas de terreno y 450 cabezas de ganado, además de plantaciones de diversas especies. Humilde, pero muy firme, Tino me deja con esa suave sensación de que cuando la gente se une el desastre se puede evitar.

Hoy completé los 1.100 kilómetros de ruta en carro a los que hay que sumarle las caminatas y las horas de lancha.

Dedicaré un día más a Veraguas antes de partir. La ruta va a depender del clima, pero les aviso.

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Las caras del desarrollo

¿Qué es desarrollo? Si todo es relativo, en el caso de esta palabrita se llega a la perversidad. A Santa Fé está llegando el llamado “desarrollo” en forma de calles pavimentadas y un activo mercado de compra-venta de tierras. “Algunos que ya han vendido se arrepienten ahora”. Rosa tiene problemas en los ojos y poca plata en el bolsillo, pero tiene claro que la tierra tiene un valor más allá del económico. Ella, emigrante a ciudad de Pananá, sueña con el regreso. Y, como la mayoría, espera el programa de titulación del Gobierno, aunque en su caso no es para vender la tierra sino para solicitar una ayuda en materiales para levantar su casita de caña y zinc.

“Pero nadie nos puede decir que no vendamos. Esto cada día está más duro, los jóvenes se van todos a la ciudad, nadie quiere trabajar la tierra y estamos olvidados del Estado”. Gregorio tiene razón en esto. Donde él reside, en el corregimiento de El Pantano, las vías son un lodazal en el que hasta los caballos tienen problemas para escalar las empinadas cuestas, el último temporal de viento que azotó la región la semana pasada acabó con la mayoría del guandú y del guineo que ocupa los cultivos de subsistencia, la escuela se quedó grande porque ya casi no hay niños, y la belleza del paraje no puede amortiguar una realidad que se empeña en empujar a los campesinos a vender.

“No están preparados. Llega un gringo o un colombiano y les ofrece 10 mil dólares. Ellos creen que es mucho, pero lo gastan rápido y luego el extranjero revende la tierra en 100 mil”. Stephanie es belga y lleva cinco años acá. Con su marido, Horacio, empujan un hermoso y pequeño hostal y ahora ella se confiesa “angustiada” con el modelo de desarrollo. “Imagina, ahora que las calles están pavimentadas en Santa Fé, la gente ya no va en caballo sino en carro y a toda velocidad”.

Algunos turistas me buscan conversa en la noche y yo hablo y escucho con cierta ambivalencia. Parecen respetar pero desconocen casi todo. Llevan un par de días por la zona y les pregunto… “¿Saben quién era Héctor Gallego?”… “Who?”. La herida profunda de la historia es apenas un rasguño en mochilas europeas y norteamericanas.

Me alejo de estas hermosas montañas para buscar la costa del sur.

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